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lunes, 7 de diciembre de 2015

Jesús cura a un paralítico

Lunes de la segunda semana de Adviento
(07/12/2015)

Libro de Isaías 35, 1-10.

¡Regocíjese el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa! ¡Sí, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: "¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos!". Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales; la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de caña y papiros. Allí habrá una senda y un camino que se llamará "Camino santo". No lo recorrerá ningún impuro ni los necios vagarán por él; no habrá allí ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes. Por allí caminarán los redimidos, volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua: los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán.


Salmo 85(84), 9ab-10.11-12.13-14.

Voy a proclamar lo que dice el Señor:
el Señor promete la paz,
Su salvación está muy cerca de sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra.

El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo.

El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de él,
y la Paz, sobre la huella de sus pasos.


del Evangelio según San Lucas 5, 17-26.

Un día, mientras Jesús enseñaba, había entre los presentes algunos fariseos y doctores de la Ley, llegados de todas las regiones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. La fuerza del Señor le daba poder para curar. Llegaron entonces unas personas transportando a un paralítico sobre una camilla y buscaban el modo de entrar, para llevarlo ante Jesús. Como no sabían por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la terraza y, desde el techo, lo bajaron con su camilla en medio de la concurrencia y lo pusieron delante de Jesús. Al ver su fe, Jesús le dijo: "Hombre, tus pecados te son perdonados". Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: "¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?". Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué es más fácil decir: 'Tus pecados están perdonados', o 'Levántate y camina'?. Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa". Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios. Todos quedaron llenos de asombro y glorificaban a Dios, diciendo con gran temor: "Hoy hemos visto cosas maravillosas".







REFLEXIÓN

Compartimos hoy la alegría de estar en contacto con aquellos que quieren escuchar la Palabra de Dios en este tiempo del Adviento, que viene caminando, que está avanzando, que tiene que avanzar también en el corazón de cada uno de nosotros, para prepararle a Jesús la cuna de Belén en nuestro corazón, para que pueda nacer, renovando y transformando nuestra vida.

En esta mañana que el Señor nos regala, todavía con los ecos de la acción de gracia por los diez años de Radio María, podamos unirnos a aquella oración tan cortita del Padre Hurtado, “Contento, Señor, contento”, diciendo: gracias Señor por el regalo de este día, gracias María por el regalo de la radio.

En estos días del Adviento, la Palabra también nos está recordando las profecías de Isaías, aquél que de diversas maneras nos está hablando de lo que va a ocurrir en los tiempos del Mesías, tal vez podemos hacer un poco de memoria, sobra aquellas palabras que conocemos: “Se abrirán los ojos de los ciegos, se destaparán los oídos de los sordos, entonces el tullido saltará como un ciervo, y la lengua de los mudos cantará de júbilo”.

Es que en Cristo Jesús tenemos de nuevo todos los bienes que habíamos perdido por el pecado del primer Adán, Él es el médico de toda enfermedad, Jesús es el agua que fecunda toda nuestra tierra, la luz de los que ansiaban ver, la valentía de los que estaban acobardados, Jesús es el que sana, es ël quien cura, es Él quien perdona.

Como en el Evangelio que hoy nos presenta San Lucas, Jesús ve la fe de aquellas personas, acoge con amabilidad al paralítico, lo cura de su mal, le perdona sus pecados, sin duda con escándalo de algunos de los que estaban allí, no podían soportar que este hombre pueda hacer caminar a aquél que habían visto tantas veces postrado en su camilla, dependiendo de todos, esperando la calidad y la limosna de todos. Y Jesús le dio más de lo que él pedía, no solo lo curó de la parálisis, sino que le dio la salud interior, le llevó la salvación a su casa, porque Jesús, lo que ofrece es siempre la liberación integral de la persona.

Resulta así que lo prometido por Isaías es como que nos queda corto, y vemos que estos hombres solamente pedían aquello de que el tullido pueda saltar de alegría, Jesús hace realidad lo que parecía una utopía, lo que parecía, aún con esperanza para muchos, difícil de que llegue. Pero Jesús supera siempre nuestros deseos, y la gente lo está exclamando, así termina el Evangelio que escuchamos: “Hoy hemos visto cosas admirables”.

Cristo es el que guía la nueva y continuada marcha del pueblo, Él es el que dijo en alguna otra oportunidad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Seguramente cuando escuchamos este relato, de la curación de este hombre que era paralítico, de este hombre que fue llevado por estos cuatro amigos, podemos pensar si alguna vez no nos pasó, si alguna vez no te pasó a vos que pediste alguna gracia al Señor, algún regalo, porque no, claro, tal vez se hizo esperar, no llegó rápido, pero cuando llegó, seguro que superó todo lo que esperabas, seguro que era mas de lo que pedías, porque no solo te dio la salud, el trabajo o unidad en la familia, o aquello que en este momento puedas estar pensando, sino que Dios nunca se deja ganar en generosidad, Dios siempre conoce lo que hay de necesidad en nuestro corazón, es nuestro Padre, y que papá no conoce lo que necesita su hijo.

Si yo lo pienso así, le doy gracias a Dios cuando escucho tantos testimonios de hermanas y hermanas nuestros que comparten sus penas, tal vez sin trabajo, tal vez en la enfermedad, tal vez porque recibió el mensaje divino cuando estaba en la cama, aquejado de algún dolor, en proceso de sanación en alguna clínica, y cuando en alguna oportunidad pidieron por su familia, pudieron percibir, y eso es lo mejor, que Jesús no solo regala lo que se estaba necesitando, no solo da el Señor lo que estábamos pidiendo, no solo nos devuelve aquello que ansiaba y muchas veces gritaba nuestro corazón, sino que tantas veces las personas encuentran la felicidad porque encuentran el amor de Dios, porque se encuentran con el amor de los hermanos.

Que lindo recordar siempre que Dios nunca se deja ganar en generosidad, que Dios nos regala un amor que es mas grande que lo que podemos pensar, de lo que podemos imaginar, de lo que a veces los cálculos humanos pueden pensar o pueden estimar. Seguramente nos habré pasado seguro que a quienes estamos compartiendo la Palabra, alguna vez hallamos tenido esta experiencia: la de un Dios que viene a nuestra vida y a nuestra familia, de una manera que supera nuestra expectativa.

Que lindo que es recordar esto, que lindo que es hacer memoria y que lindo que es compartir cuando el Señor obra en nosotros, recordando que este compartir de lo que el Señor va obrando, que nos va diciendo y manifestando, lo podemos hacer en todo momento, porque esa alegría del Señor que está, que acompaña y que sobrepasa con su amor es mayor cuando sentimos que no estamos solos, que somos comunidad, que tenemos hermanos y hermanas, amigos y amigas, como los cuatro amigos del paralítico, que llegaron a las puertas de la casa donde estaba Jesús y allí no había lugar para más, no había lugar físico.

Es bueno pensar que tampoco había lugar en el corazón de muchos de los que estaban allí, porque ese a quien traían era un paralítico, al que llevaban, me imagino, que habrán pedido permiso, que habrán querido correr un poco a la gente para entrar, también alguna vez les paso cuando hay una fiesta grande y uno quiere ir a misa, por ahí uno intenta entrar, y a veces no se puede entrar.

Algunos se enojan y se van porque no pueden entrar, porque se tienen que quedar lejos, porque se tienen que quedar afuera y hay sol, pero estos amigos se las ingeniaron, buscaron la manera de llevarlo a este hombre que necesitaba de Jesús, y ponerlo a los pies de Él.

Es que el amor no tiene límites, no tiene fronteras, y aquello que los movía a estos cuatro hombres no era mas que el amor que sentían por este paralítico al que veían sufrir desde su lecho de dolor, es que Dios ya estaba obrando en el corazón de estos amigos, sin ellos saberlo, sin ellos imaginarlo, ya estaba obrando.

Como está obrando en este tiempo del Adviento, como está obrando en nuestros corazones, como está obrando en el corazón de tantos que a veces creemos que están lejos de Dios, pero que, sin embargo, el Señor va haciendo su trabajo de amor.

Tal vez podríamos quedarnos en estas dos imágenes, te invito a que lo hagamos así, la de Jesús, que supera todo lo que podemos pensar, y cuando obra regala mas de lo que esperamos, al paralítico lo hizo caminar, pero también, hizo la más grande, lo mas extraordinario: le perdonó los pecados. La otra imagen es la de los cuatro amigos que se la ingeniaron para poder acercarse a Jesús con mucha fe.

Demos gracias a Dios por las veces que hemos experimentado a este Jesús grande en misericordia, a este Jesús para el que nada es imposible, que se acerca a nosotros siempre dispuesto a perdonar y a devolvernos la salud. Cuantas rodillas seguramente hoy también están vacilantes, cuantos paralíticos hay hoy en el mundo, que tal vez pueden caminar, pero están allí quietos, están allí tristes, están allí amargados, cuantas manos temblorosas hay también hoy, tal vez en algún momento puede estar la mía, puede estar la tuya, puede estar también alguien muy cercano a tu corazón, que esté allí mendigando ese amor, que Dios lo quiere dar en abundancia, pero que siempre tiene quien lo alcance.

Cuantas personas hay que sienten miedo y que están desorientadas, el mensaje del Adviento es para nosotros hoy, es algo presente, no es algo que se repite simplemente por costumbre, es el mensaje que Dios tiene para nosotros, y que lo será hasta el fin de los tiempos, es el mismo anuncia, son las mismas palabras, aquellas que escuchábamos el primer domingo: “levanten la cabeza, ya viene la liberación, cobren ánimo, no tengan miedo”.

“Te son perdonados tus pecados, levántate y anda”, es que Cristo Jesús nos quiere curar también hoy a cada uno de nosotros, nos quiere ayudar a salir de nuestra situación, no importa cual sea, es para que pasemos una vida mas viva, mas animosa, mas alegre, con mas ganas de compartir, y esto lo sabemos porque lo sentimos, porque lo hemos escuchado de hermanos nuestros, aunque una y otra vez hayamos vuelto a caer, hayamos vuelto a ser débiles, siempre escuchamos aquella palabra de Jesús, “tus pecados te son perdonados”, siempre escuchamos aquella palabra de Jesús, “levántate y camina, vuelve a tu casa”.

Es sin duda el sacramento de la reconciliación que en este tiempo de preparación a la navidad es un regalo que se nos hace, es también sin duda este sacramento el privilegio, es Cristo, que ha pensado, para que por medio de la Iglesia, nos alcance una vez mas el perdón y la vida nueva.

Que bueno pensar en la reconciliación, entonces, como este cambio de vida, como este éxodo, como este cargar la camilla al hombro, e ir corriendo a nuestra casa, a la casa del Padre, aquella casa que recordamos también en la Parábola del Hijo Pródigo, tiene una papá que nos está esperando para abrazarnos, para llenarnos de besos, para llenarnos de consuelo, para llenarnos de misericordia.

Por eso nuestra vida siempre tiene algo de este éxodo, salir de un lugar, marchar hacia alguna tierra prometida, hacia metas de una mejor vida, de una mejor calidad de vida espiritual, es Dios que nos ofrece esta liberación total, que no se queda en los intereses mezquinos con los que nos acercamos a Él, es que Él nos trae de vuelta del pecado, Él nos recibe en su casa, y hace la misma fiesta que hizo este hombre, seguramente, al llegar a su casa y descubrirse sano, pero sobre todo, descubrirse salvo en este camino.

Y ya al final de un año que el Señor nos ha regalado, así como empezamos a ver luces, colore, empieza a sentirse la fiesta de la navidad, también se siente el cansancio de un año que está terminando y se comienza a sentir en el corazón la necesidad de hacer un balance, y creo que vamos teniendo esta oportunidad que nos da el Señor para hacer memoria, para dar gracias, para reconocerlo como el Señor de nuestra vida.

Hacer memoria de quienes en nuestra vida, tal vez en este año, nos han hecho de camilleros, viron que hay muchos que siempre nos ayudan a encontrarnos con Jesús, es bueno recordar, para dar gracias a Dios, a aquellos que se ingeniaron para ponernos frente a Jesús, a este Jesús que sana y que libera, a este Jesús que sana y devuelve la marcha, a este Jesús que sana y salva el corazón perdido por el pecado.

Tal vez cuando tenemos que pensar en estos camilleros, en estos amigos que en nuestra vida en este año, se las ingeniaron para llevarnos a Jesús, podemos pensar en algo extraordinario, y no siempre lo es, cuando bajaron a este hombre del techo, sin duda debe haber llamado la atención a muchos, porque no era común que acerquen a Jesús a alguien desde el techo, pero si el Señor te regaló amigos que te llevaron a Jesús en este año, por circunstancias, por momentos, por algún hecho de tu vida, aquellos sencillos de cada día en la palabra oportuna, en un saludo, tal vez la palabra oportuna de algún sacerdote, tal vez una sonrisa, tal vez una buena confesión, tal vez un regalo un poco mas grande, un retiro en el que Dios te permitió participar, un consejo, un momento de oración, una ayuda, tantos gestos en los que pudimos ver el amor de Dios, sencillo, despacio, pero profundo en el corazón.

Es que en todo este camino de conversión, de encuentro con Dios, siempre hay quienes nos ayudan a caminar libres.

Mientras rezaba este Evangelio, mientras pensaba en lo que podíamos compartir en este momento, daba gracias a Dios por el testimonio orante de tantas personas que me han acompañado durante mi vida sacerdotal en estos últimos catorce años, pero también desde niño, pensaba en el testimonio orante de mis padres, de mi comunidad, me acordaba también en estos días y lo hacía con algunas personas de aquí de la comunidad, mi catequista de primera comunión, aquellos que se las arreglaron para hacerme encontrar con Jesús, con este Jesús que un día me llamó y me cambió la vida, y si, me la cambió y cuanto que me regaló, también en esto de sentirme puesto frente a Jesús recordaba este Dios que sana y que salva.

Les comparto algo que me pasó como sacerdote hace ya varios años, haciendo un poco de memoria, tal vez unos 10 años, era para esta fecha, era un triduo en honor a la Inmaculada Concepción, yo lo estaba predicando, lo estaba viviendo en una de las comunidades rurales de mi antigua Parroquia, Nuestra Señora del Carmen, es un lugar muy particular, en medio del campo, un clima siempre adverso por el sol, por el calor, un lugar que podríamos decir difícil, no para cualquiera, y me acuerdo que nos preparábamos, después de mucho tiempo, para las confirmaciones de un grupo de adultos, adultas, y un grupo de personas de la catequesis especial, y en ese triduo llegó el día en el que teníamos que prepararnos para el sacramento de la reconciliación.

Y esto es lo que seguramente nunca voy a olvidar, porque este Dios también siempre se las arregla. Estábamos preparándonos, haciendo la celebración, comencé a confesar, y después de un rato largo, apareció también para confesarse, porque iba a hacer su confirmación, una viejecita de más de 70 años.

Cuando se sentó frente a mi, la vi con el rostro cansado, me acuerdo que le dije: “abuela, que cara de cansancio”, y aquí vino este golpe de gracia de Dios, que siempre es grande.

Ella me contestó: “es que lo estoy, Padre, ¿sabe?, estoy esquilando unas ovejas, y es aquí, a unas cinco leguas”, para los que miden distinto las distancias, cinco leguas son veinticinco kilómetros, “y salí al mediodía, Padre, me vine caminando para confesarme”; la pobre se había hecho veinticinco kilómetros en el rayo del sol, en pleno diciembre, con cerca de cuarenta grados, para venir a reconciliarse con Dios.

Lo primero que me vino a la mente en ese momento, y que cada vez que lo recuerdo me viene a la mente eran ganas de decirle: “oiga doña, confiéseme usted a mi, porque usted tiene mucha fe, usted tiene mucho amor a Jesús”.

Hubo otras experiencias parecidas, pero esas palabras tuvieron la fuerza de estos cuatro amigos juntos, para este hombre fueron necesarios cuatro que lo descuelguen y que lo pongan ante Jesús, el testimonio de esta mujer, sin duda con sencillez y con mucha ignorancia, pero con mucho amor a Jesús, me cambió también a mi, me puso frente a Jesús como los habrá puesto tantas veces a ustedes, con la fe sencilla de aquellos que lo acercaron a Jesús.

¿Te animás a seguir haciendo memoria?, a seguir recordando para dar gracias a Dios de cuantas veces Jesús te tocó, pero gracias a cuatro camilleros, a cuatro amigos, a cuatro personas, más, menos, que te pusieron frente a Jesús, para que Él te toque y para que Él te vuelva a la casa del Padre, a esa casa donde hay mas alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve que no necesitan conversión. Demos gracias por nuestros amigos que nos llevan a Jesús.

Que bueno es hacer memoria del paso de Dios por nuestra vida con nombres y apellidos, que lindo escuchar “mi vecino, mi vecina, mi amigo, mi amiga”, todos esos nombres que nos hicieron de “camilleros”, como decía Juan Pablo II, tener al hermano como un don, como aquel que nos regala Dios para encontrarnos con Él.

Que bueno esta memoria agradecida en Dios, pero también con rostros concretos, que nos ayudan a vivir el amor. Porque el Evangelio de hoy no solamente nos invita a tener esta actitud de disponibilidad para que Jesús obre, a través de aquellos que nos llevan a Jesús. Hoy también Jesús nos invita a nosotros a tener una actitud activa en nuestra vida para ayudar a que los demás se encuentren con Jesús.

Son muchos los que, a veces sin que nosotros lo sepamos, están buscando la curación, son muchos los que viven en la ignorancia, los que viven en la duda, en la soledad, que están paralíticos, como escuchábamos por allí, con poca capacidad para amar, a lo mejor porque el egoísmo les hizo un caparazón, pero que están allí, esperando.

Gente que ya no espera nada de la vida, y hoy esa es una de las enfermedades que mas aqueja el corazón del hombre, esto de no esperar de no tener expectativas, no tener proyectos, parecer que todo va a seguir igual. Por otro lado están aquellos que creen tenerlo todo, y que en su autosuficiencia no se dan cuenta que están parados, que están frenados, que no pueden avanzar, o aquellos que en la vida caminan desengañados, porque son muchas las cosas que no le salieron bien, y por allí la esperanza se les va apagando.

Hoy la Palabra de Dios nos hace la pregunta: ¿somos de los que se prestan gustosos a llevar al enfermo en su camilla, a ayudarlo, a dedicarle tiempo?, ese, sin duda, es el mejor lenguaje, el que todos entienden.

Si nos ven dispuestos a ayudar, a salir de nuestros horarios, de nuestras estructuras, de nuestra comunidad, entonces vamos a hacer mas fácil que otros se encuentren con Cristo, los vamos a ayudar a comprender que el Adviento no es un aniversario, que el Adviento no es simplemente un calendario que va corriendo, que va avanzando, sino que el Adviento se va a convertir en tiempo de preparar nuestro corazón, en un acontecimiento nuevo y vivo cada vez.

Que lindo que este tiempo de Adviento sea nuevo cada vez, escuchamos palabras, reflexiones, vemos actitudes y gestos que, a lo mejor, se van repitiendo año tras año, pero el acontecimiento de este Jesús que viene, que viene a salvar, eso es nuevo, Jesús está vivo, viene a tocar nuestro corazón.

También tenemos que ser concientes que no seremos nosotros los que vamos a curar, los que vamos a salvar, pero sabremos llevar a nuestros hermanos un poco mas, al encuentro y a la cercanía con este Cristo que viene a ser el médico de nuestra alma, si también nosotros, como Jesús, que se sintió movido por el poder del Señor a curar, curamos a los demás y los atendemos, les damos una mano, si fuera necesario, incluso los perdonamos, entonces vamos a contribuir a que este sea para ellos un tiempo de esperanza y de fiesta.

Cuanta falta nos hace encontrarnos con el hermano, cuanto nos hace de falta, que tal vez la actitud del camillero sea ir y perdonar, ir y tener una actitud de fraternidad con aquel que sabemos que está un poco mas lejos de nuestro corazón. Seguro que conocemos muchos paralíticos, postrados en el dolor del pecado, de la desesperanza, del sinsentido, y eso nos duele, nos tiene que doler, porque alguna vez nosotros mismos tal vez lo hemos experimentado, alguna vez quizás hemos pasado también nosotros por esa situación.

Hoy decimos con el apóstol lo que hemos visto, lo que hemos oído, eso es lo que transmitimos, hemos visto y hemos oído la gracia y el perdón, hemos escuchado tantas veces “levántate, toma tu camilla y vete en paz”.

Cuantas veces en esto de hacer memoria, de la misericordia de este Jesús que sana y que salva, habremos escuchado “tus pecados te son perdonados”, cuantas veces con alegría recuperamos la paz cuando escuchamos de labios del sacerdote: “yo te absuelvo de tus pecados”.

Y a esto no lo podemos callar, lo que hemos visto y oído lo tenemos que gritar, no lo podemos guardar, tenemos que ser misioneros de la misericordia de Dios, que sana y que salva, tenemos que ser los camilleros del desesperado, del que está al borde del camino, que a lo mejor sin decir nada, nos está esperando, nos mira, nos necesita.

Entre tantos adornos que vemos en estos días en el arbolito de navidad, aquellos que puedan contemplarlo en sus hogares, que haya un lugar junto a las luces que prenden, que apagan, que iluminan, que dan alegría, gestos, actitudes, las preocupaciones, los tiempos, los momentos, sobre todo la oración hecha por este hermano, por esta hermana, a quien en esta navidad queremos descolgar del techo para poner a los pies del Niño de Belén.

Este niño que en su pequeñez también quiere seguir sanando, también quiere seguir salvando, también quiere seguir perdonando, también quiere seguir liberando.

Los invito a todos a que en este momento, cada uno en su lugar, tal vez en el trabajo, tal vez en las tareas de la casa, tal vez estudiando o viajando en un vehículo, en la cama del enfermo, donde cada uno de nosotros está, nos animemos a levantar los ojos al cielo, nos animemos a rezar juntos y a pedir a nuestra madre, la Virgen, que ella también nos ayude a ser buenos camilleros, que ella también nos ayude a ser buenos amigos, aquellos que nos preocupemos de poner a tantos que andan por allí quietos, sin poder moverse, mendigando amor, ponerlos a los pies de su hijo Jesús.

Te invito, por un momento, tal vez no puedas dejar de hacer lo que estás haciendo, no importa, igual podemos compartir desde cada una de nuestras actividades, y pidamos a esta, nuestra Madre, que es Madre de Misericordia, primero ser liberados de nuestras parálisis, pero también pidamos por aquellos que sabemos que no pueden caminar, que necesitan de Dios y necesitan de nuestro testimonio.

Digamos juntos, compartámoslo, gritémoslo, que se pueda escuchar en casa, o por donde estamos caminando aquellos que nos unimos en el silencio de la oración: “Dios te salve, María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Y junto con María, junto con nuestros hermanos, junto con estos rostros concretos, que se están haciendo presentes en este momento, que podamos recordarlos cuando vayamos a nuestra próxima Eucaristía, y recordemos, en el momento en que el sacerdote nos invita a la comunión, que nos presenta a Jesús Eucaristía, como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, sepamos que estas palabras están dirigidas a nosotros.

Cada vez que escuchamos “este es el Cordero que quita el pecado del mundo, felices los invitados a la cena del Señor”, esas palabras son para mí, para vos, son para este presente que vivimos, porque cada Eucaristía se convierte en un nuevo Adviento, en una nueva Navidad, si somos capaces de buscar y pedir la salvación que solo viene de Dios.

Cada Eucaristía quiere curar nuestras parálisis y nuestros miedos, en cada Eucaristía nos toca el Señor con su Gracia, con su Amor, y nos mueve a caminar con un sentido mas esperanzado de la vida, porque se nos ofrece el mismo Cristo hecho alimento de vida eterna.

Que hermoso descubrir que en cada Eucaristía, ponemos a los pies de este Jesús, desde la sencillez del lugar donde nos reunimos, de aquellas Iglesias grandes donde podemos entrar muchos, y desde aquellas Iglesias mas pequeñas, de aquellas comunidades mas alejadas, pero donde, en cada una de ellas, Jesús vuelve a repetir: “levántate, toma tu camilla y vete”, y donde podemos ver nuevamente a tantos hermanos y hermanas nuestras, y vernos a nosotros mismos, salir de la Eucaristía, salir de nuestra oración, salir de nuestro encuentro con la Palabra de Dios, con la misma alegría, con el mismo gozo que este paralítico que hoy nos presenta la Palabra de Dios.

En los momentos de tribulación, de dolor físico, de dolor por incomprensión, siempre es bueno levantar la mirada y mirarlo a Jesús, que está en la cruz, Él no había hecho nada malo, solamente había pasado haciendo el bien, todo lo que hizo fue amarnos, y desde la cruz nos está mostrando que también tenemos que amar, tenemos que unir nuestra cruz a la de Jesús, comprendiendo a los que no nos comprenden, aún cuando sean nuestros hermanos mas cercanos, Dios nos ama a todos, y tengamos la plena seguridad de haber sido ayudados en esta oración que hicimos recién, también los camilleros, que nos llevan al encuentro de Jesús, ellos necesitan siempre de un corazón grande, de un corazón generoso, de un corazón que se olvida muchas veces de sus necesidades.

Es bueno sentir y reconocer que uno está siendo llevado por las manos amigas de nuestros camilleros, al encuentro con Jesús, hagamos memoria de nuestros amigos y hacemos memoria y recuerdo de aquellos por quienes en este Adviento y en esta Navidad pedimos que se dejen tocar el corazón por el amor misericordioso de Dios.

No nos olvidemos de rezar por nuestros camilleros, pidamos para que ellos puedan experimentar este abrazo misericordioso de Dios, este abrazo maternal de la Virgen, por tanto bien que nos hace, que Dios los llene de amor, que Dios los llene de Gracia, y les cargue las pilas para retomar la tarea de cada día, seguros de que Dios nos va a colmar de bendiciones.

Que Dios te bendiga, que Dios te cuide, que Dios bendiga y cuide a toda tu familia.

escrito por Padre Gabriel Camusso
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

domingo, 6 de diciembre de 2015

"Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos... "

Segundo Domingo de Adviento
(06/12/2015)

Libro de Baruc 5, 1-9. 

Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios, cúbrete con el manto de la justicia de Dios, coloca sobre tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu resplandor a todo lo que existe bajo el cielo. Porque recibirás de Dios para siempre este nombre: "Paz en la justicia" y "Gloria en la piedad". Levántate, Jerusalén, sube a lo alto y dirige tu mirada hacia el Oriente: mira a tus hijos reunidos desde el oriente al occidente por la palabra del Santo, llenos de gozo, porque Dios se acordó de ellos. Ellos salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve, traídos gloriosamente como en un trono real. Porque Dios dispuso que sean aplanadas las altas montañas y las colinas seculares, y que se rellenen los valles hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios. También los bosques y todas las plantas aromáticas darán sombra a Israel por orden de Dios, porque Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia.


Salmo 126(125), 1-2ab.2cd-3.4-5.6.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.

Hasta los mismos paganos decían:
“¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!

¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.

El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas.


Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 4-6.8-11.

Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora. Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús. Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo, llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.


del Evangelio según San Lucas 3, 1-6.

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: Una voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios.







REFLEXIÓN

Ayer, Jesús, atravesaba unos sembrados, en donde arrancaba las espigas para alimentarse él y su grupo de amigos. “Los amigos del novio”, como decía el Evangelio que leíamos el lunes.

Hoy Jesús está entrando en una sinagoga y nos dice el Evangelio -como dato de contextualización- que era sábado. Así que tenemos un Jesús que está entrando en dos instituciones religiosas: una sinagoga y un día sábado. Un lugar y un espacio destinados a Dios con leyes específicas.

Ahí está Jesús entrando, no tenemos a los amigos de Jesús como protagonistas. Los personajes en este tiempo –sábado- y en este lugar –sinagoga- van a ser Jesús, un grupo de fariseos y un grupo de herodianos. Es como que en esta escena bíblica, Jesús deja de lado a sus amigos. Todos los que a lo largo de la historia son amigos de Jesús, en este texto bíblico, son como espectadores. Esto es una lucha, una escena donde esta él y nosotros. Nosotros expectantes vemos. Y quizás la decisión final es: seguimos siendo amigos de Jesús o nos unimos a la postura de los otros. Quienes no sean nombrados en el texto, no es que queden afuera, sino que queda en nosotros la decisión.

Este es el escenario del Evangelio de hoy: en la sinagoga, un sábado, Jesús y un grupo de fariseos y de herodianos. ¿Qué nos dice el Evangelio? ¿Como se va armando la escena?

Nos informemos algo sobre la sinagoga: si bien la sinagoga es un lugar, como nosotros habitualmente decimos una iglesia y nos imaginamos un edificio, profundamente la sinagoga no es un lugar, sino es una congregación de fieles que se reúnen en torno a la devoción y adoración del texto bíblico. Y el lugar, esta sinagoga, donde este grupo de gente se reúne, asume el nombre propio del grupo: sinagoga -como la iglesia- alude al grupo de los creyentes y a la misma vez designa el lugar donde este grupo se reúne.

Entonces, cuando decimos que Jesús ingresa a una sinagoga, estamos haciendo referencia a que ingresa a un espacio, a un lugar, a un edificio. Pero también estamos diciendo que se reúne con la comunidad de esa localidad, que cada sábado se reúne para escuchar y reflexionar y estudiar la Palabra de Dios.

¿Cuál es la imagen que nos queda?: Jesús -Palabra hecha carne- que ingresa en un lugar, donde la Palabra era custodiada, desde donde la Palabra era profundizada, donde la Palabra era transmitida, donde la Palabra se la escudriñaba para entenderla y para vivirla. Era el encuentro de la Palabra hecha carne con el encuentro de la Palabra escrita, estudiada, meditada y reflexionada por un grupo de personas: La Palabra y la Palabra, éste es el encuentro.

¿Qué es lo que va a suceder? No sabemos, preparemos nuestro corazón para ir entendiendo y gozando de este encuentro de la Palabra encarnada con la Palabra escrita

Jesús en la sinagoga y ahí hay un hombre, cobijado por este escenario, que tiene la mano paralizada. El texto no nos dice si esa mano paralizada la tiene desde niño, desde el nacimiento, o habrá sido a causa de algún accidente posterior. Pero ahí estaba: paralizada su mano en este contexto, en este lugar y en este tiempo dedicados a Dios: en la sinagoga y en sábado.

En el otro grupo de personas, los fariseos. La Escritura, el texto bíblico, los describe como un grupo que observaba atentamente a Jesús para ver lo que hacía y con una finalidad específica: la acusación.

Uno se imagina que, cuando uno entra al lugar donde recibe la Palabra, la disposición interior tendría que ser la escucha: uno entra a escuchar lo que esa Palabra tiene para decirnos. Este grupo de personas, frente a la mano paralizada de este hombre, no está escuchando la Palabra, sino que están observando. Miran, no escuchan, y miran ya con un parámetro interior, buscando un motivo de acusación. No es una mirada de aprendizaje, de observación, de interiorización, sino es una mirada ya interesada. De antemano, van a buscar lo que quieren encontrar, y si no es ahí, será después. Pero ya saben lo que buscan: acusar a Jesús.

Entonces, es un estar en un lugar y en un tiempo -sagrados de por sí- no para alabar y bendecir, no para escuchar esa Palabra que va a ser proclamada, sino para acusar, por lo tanto -de alguna manera- este grupo de personas que está ahí observando atentamente, ya está profanando ese tiempo y ese lugar. No sabemos si harán cosas técnicamente incorrectas, pero su estar y el modo de cómo están, ya es una profanación. Técnicamente son irrefutables, pero el corazón ya está diciendo otra cosa.

Ahí están los personajes centrales de esta escena: Jesús que ingresa, el hombre de la mano paralizada y los fariseos que observan, y nosotros que observamos todos estos que están observando y actuando en esta escena bíblica. Seríamos los cuartos personajes en cuestión, la mano paralizada.

Jesús, que debe de haber sabido, debe de haber conocido, debe de haber palpado, intuido -en el modo de estar, en el modo de mirar, en el modo de codearse, de reunirse de este grupo de fariseos- que ahí había algo, que el río traía agua, pero continúa con su tema. Podría haberse evitado el problema y no hacer el bien que estaba en su poder realizar. No hacía el bien y se evitaba el dolor de cabeza de la discusión. Sin embargo, Jesús no vino para no hacer el bien, no vino para hacer el mal: vino para hacer el bien. No podía evitar hacer el bien.

Jesús llama a este hombre para pararse ahí, a la vista de todos. El valor de los hechos públicos, del testimonio público podemos verlo también aquí. Es una Palabra que es proclamada para ser escuchada, no es una palabra para que se calle, o una palabra para ser dicha en lugares privados o en el susurro. Jesús es Palabra es para ser proclamada y escuchada por todos. Entonces, la Palabra hecha carne está siendo proclamada en ese lugar donde reside la Palabra, que es la sinagoga. Todos la pueden escuchar: el hombre de la mano paralizada, los fariseos que miraban atentamente con el fin de poder acusarlo y la podemos escuchar nosotros, los que leemos hoy el texto y que nos estamos adentrando en sus personajes.

Ese es Jesús: la Palabra que habitó entre nosotros. Y es una palabra que exige ser escuchada, que se ofrece para ser escuchada. De tal manera que queda esta imagen: la sinagoga, ese lugar que había ido constituyendo el pueblo judío para guardar los libros de los textos bíblicos, con el respeto que se merecían. Era el lugar donde esa presencia de los textos bíblicos, al igual que el sagrario en la iglesia católica, estaba señalado por una luz siempre encendida. Era el lugar que cobijaba la Palabra y a la misma vez la comunidad era acogida por esa Palabra. Se daba esta relación mutua, que es muy significativa. Y ahí un Jesús que entra en el lugar de la Palabra, en la casa de la Palabra. Es una mutua acogida. La Palabra era custodiada en cuanto a texto por este grupo, pero este grupo se sentía constituido y fortalecido por esta Palabra que los convocaba, los reunía, los alimentaba.

Eso era lo más bonito del lugar: ese encuentro mutuo entre la Palabra escrita y la constitución del pueblo. El pueblo no podía no reunirse, era su razón de ser, el hacer memoria de las gestas y de las palabras del Señor que lo fueron constituyendo como pueblo. Y cada sábado se reunían ahí, a fortalecer su fe, a alimentar su esperanza, a dar vida a la caridad que los iba constituyendo en los vínculos sociales para ser pueblo.

Ahí vivía esa Palabra que, a lo largo de la historia, ellos fueron recogiendo y custodiando para que sea una palabra que sea leída, también, por sus hijos y los hijos de sus hijos. Ellos cuidaban de la Palabra, pero también, la Palabra cuidaba de ellos. Esto era lo original, esto era lo santo, esto era lo esperado de aquellos que acudían en ese día y en ese lugar a leer la Palabra: sentirse custodios de una tradición de vida, para poder dejársela a sus hijos. Comer ellos y dejar comer a los demás. Y saber que esa Palabra que ellos cuidaban, era la Palabra que los constituía como pueblo.

Pero había gente que no la vivía así, y aquí cabe que también nosotros nos podamos preguntar: ¿qué lugar tiene la Palabra como texto y la Palabra como vida en nuestro lugar?. ¿Nos sentimos como custodios de una Palabra que no se tiene que perder?, porque es una Palabra que tiene que resonar para todos. Entonces, el guardar la Palabra no es para esconderla, no es para que sea para un grupo exclusivo, sino es para que alcance para todos.

La imagen podría ser así, como muy casera, de esa mamá que -cuando hace un rico bizcochuelo- lo guarda, no para mezquinarlo, sino para que alcance para todos. Y se acuerda que un hijo está trabajando –para cuando vuelva- y que el otro fue a visitar a la abuela. Entonces, comen todos y guarda para aquellos que tienen que venir y encuentren aquello que los va a alimentar, que es fruto de su amor. Es algo material: esto es un rollo y una Palabra, allá es un bizcochuelo, pero es algo que tiene que alcanzar para todos.

Eso es el desafío de la comunidad: de custodiar la Palabra, para que esa Palabra llegue a todos. Una Palabra que es creadora, porque nos constituye como pueblo. Este mutuo servicio, de una Palabra custodiada y de una Palabra que nos constituye, es el escenario del texto de hoy.

Fíjense en los prolegómenos del texto: entendiendo y disfrutando de este mutuo servicio, un Jesús que -también como Palabra- tiene el servicio de ir a custodiar esa Palabra en ese tiempo y en ese lugar –sábado, en la sinagoga- junto con los otros, porque se siente pueblo, cercano a sus vecinos, que también necesita que esta Palabra lo constituya.

Nos quedamos con esta imagen y pasamos nuestra propia experiencia de las visitas que hacemos a la casa de la Palabra y la experiencia que tenemos que esa Palabra nos salva, nos sana, nos constituye como pueblo. Ahí está la Palabra que habita en la sinagoga y la sinagoga como asamblea, como congregación, como pueblo elegido que habita en la Palabra, es un mutuo habitarse. Y este habitar la Palabra y habitar en la Palabra -la Palabra que habita en la comunidad y la comunidad que habita en la Palabra- es un habitar como un ir construyendo estos vínculos. No es tanto la construcción del edificio, en todo caso, el edificio será signo de este constituirse como pueblo en torno a esto que es el cuidar la Palabra.

Miren qué lindo es esto de pensar que las cosas que nosotros vamos haciendo -las construcciones de los gestos culturales, tanto de edificios como de instituciones- cobrarían vida y sentido en esta línea: si son tiempo y espacio que los vamos construyendo para que la vida sea cuidada, sea custodiada. Y valen, en tanto y en cuanto cumplan esa función. La belleza de un edificio, la belleza de una institución cultural, cobran relevancia, quedan a ojos vista, en cuanto son espacios y tiempos para que la Palabra y el que pronuncia la Palabra, que es Dios o su imagen -el hombre-, sean cuidados, custodiados.

Por eso llama la atención que en el lugar donde habita la Palabra -reflejo de la Palabra creadora del Dios del Génesis, donde Dios decía y las cosas eran- es extraño que un grupo de personas en este lugar donde la Palabra tiene la función creadora de constituir las cosas para que una vez que la Palabra es pronunciada las cosas se realicen -porque no hay esta distinción entre Palabra dicha y realidad- esa palabra creadora no fuese pronunciada.

Acá, la Palabra podría haber sido dicha para que este hombre alcance la plenitud de su vida y no quede con la mano paralizada. En este espacio, en ese tiempo, esa palabra creadora no fue pronunciada. Este hombre, no sabemos desde cuándo, si desde niño, ahí estaba, con su mano paralizada y sin que la Palabra se pronuncie. Entonces, podemos pensar que -de alguna manera- ese espacio que había sido para cuidar la vida, era un espacio donde apenas la vida sobrevivía. No podía desplegar la totalidad de la persona humana con esa mano paralizada. La vida no era cuidada, la vida no era potenciada. Quizás se había corrido la mirada, se habían quedado con el edificio, con la materialidad de las cosas, defendían el espacio, defendían el tiempo, defendían las paredes, pero no defendían la comunidad que tenía que vivir ahí: la Palabra no se pronunciaba, el hombre no se sanaba.

Un salto que podemos hacer a nuestra realidad es: ¿en cuántas construcciones nosotros ponemos nuestra vida con buenísimas intenciones, cuántas veces nos reunimos para hacer clubes para que nuestros chicos jueguen y salgan del ocio y de los peligros que acarrea la juventud, cuántas veces nos reunimos para armar canchas, para armar grupos, y cuántas veces después nos quedamos defendiendo que la cancha no se rompa, que el grupo cumpla sus ritmos, sin atender la realidad de cada uno de los que constituyen ese grupo, de los que utilizan esa cancha, de los que van a esa institución o a ese lugar?

Convertimos en santa una cosa que era santa porque era para la vida del hombre, y nos quedamos defendiendo la cosa, perdiendo la plenitud del hombre que hacía santo -por creación de Dios- ese lugar

Cada uno de nosotros, me imagino que con el tiempo que tiene vivido, ha participado en comisiones, en grupos -desde la iglesia, o desde organizaciones del mundo civil o del mundo gubernamental- que nacieron con esta intencionalidad: recibir y acoger aquel que pronuncia la palabra, el ser humano. Siempre, los lugares han sido para acoger al que habla, Dios o su imagen. Y cuántas veces nos corrimos del lugar, y terminamos defendiendo ese lugar o ese tiempo -perdiendo el motivo fundamental- que es el cuidado de la vida del que ahí era acogido.

Pensemos en esto: recorramos, como una especie de examen de conciencia, nuestra vida, nuestros quehaceres… Tantas veces que hemos hecho cosas, que hemos trabajado en pos de constituir grupos o espacios o instituciones -con buena intención- para que la comunidad pueda habitar ahí y que desde ahí, se pueda constituir, nos podamos constituir como comunidad, como comunidad humana, como comunidad creyente; y cuántas veces nos quedamos defendiendo el espacio y no la persona.

Este es Jesús, en el espacio donde la Palabra es pronunciada para que las cosas sean, pero está algo que no esta siendo: está el hombre que tiene su mano paralizada. La mano, con todo el significado que implica la mano, que es aquello que nosotros utilizamos como una herramienta, como una mediación para construir, para trabajar, para bendecir, para amar. La mano como mediación que nos constituye en nuestro ser y hacer en este planeta. Podemos participar de la realidad, siendo procreadores a través de la utilización de la mano. Podemos vincularnos con los hermanos a través de la utilización de la mano. Manos que son capaces de bendecir, manos que son capaces de crear, manos que son capaces de amar…

Entonces, en el lugar donde la coordenada -esta casa que habitamos, que esta aquí en la tierra pero que está debajo de un cielo, y el espacio del encuentro de los hermanos- se convierte en una coordenada de hombres -de comunidad humana en un planeta y bajo un cielo que nos hablan también de la divinidad- está esta posibilidad de devolverle al hombre la capacidad de trabajar en este planeta, de convivir con los otros seres humanos, de bendecir el nombre de Dios y de relacionarse con su Creador. Está la capacidad del hombre de vivir en plenitud sus dimensiones humanas, a través de la sanación de esta mano.

Estamos como participando, siendo testigos, nosotros -los que estamos buceando en este texto bíblico la posibilidad de un nuevo génesis, de un nuevo origen, de una nueva oportunidad. Fíjense que decíamos que este hombre, no sabíamos si era de nacimiento o de un accidente, si era culpable o no. Ahí estaba, no hay juicio que aminore la contundencia de la realidad. Hay un hombre que no puede relacionarse ni con Dios, ni con sus hermanos, ni con la Creación, porque su mano está paralizada. El debate no va por culpables, sino por la contundencia de esta realidad.

Jesús lo llama y lo coloca al frente ¿A cuánta gente nosotros tendríamos que colocar al frente nuestro y de pronunciar esa palabra que tiene que ser pronunciada? Un nuevo génesis, un nuevo inicio, una nueva oportunidad, que puede ser hoy, para cualquiera de nosotros que esté escuchando. ¿Qué palabra tiene que pronunciar Jesús para que a este hombre se le desate la mano, para que pueda bendecir, amar y crear? ¿Qué palabra tenemos que pronunciar nosotros y sobre quién la tenemos que pronunciar para que la armonía regrese a nuestra casa o a nuestro trabajo, para que las relaciones humanas se restablezcan en algún ámbito? ¿A quién tenemos que tener al frente y pronunciar palabras?

La palabra puede ser: “te amo”, “perdoname”, “¿podemos conversar?”, “te perdono”… Cada uno de nosotros sabe a quién tiene que poner al frente. Alguien que no puede estar haciendo algo porque yo tengo esa palabra en mi poder que, si no la pronuncio, queda esa persona ahí.

También a nivel social, en este tiempo tenemos tantas excusas o explicaciones para manos paralizadas: para gente que no encuentra trabajo, le llamamos mano de obra paralizada; mentes paralizadas, porque quizás no hagan trabajo manual pero sí hacen un trabajo intelectual fuerte y está parada…. Este grupo de fariseos la explicación que daba es que era sábado. Nosotros, a nivel social no sé qué explicaciones damos -la recesión mundial, la fuga de capitales- no sé qué razones damos, pero son justificativos para eludir la única realidad.

Ahí esta el hombre con toda su capacidad paralizada. Ahí esta masa de personas que, como sociedad, hemos preparado a través de llamarlos a la vida.

Porque nacieron, crecieron. Que hemos preparado a través de la educación (primario, secundario y la universidad, estudios, capacitaciones) y están ahí, con las manos atadas. Se espera una palabra que tiene que ser pronunciada por alguien. El desafío es: ¿será pronunciada esa palabra? Es una palabra que está expectante en el hombre que padece la parálisis.

Me imagino que, al ir mirando esta escena, estamos como expectantes: deseamos, anhelamos, soñamos, sufrimos, para que esa palabra se pronuncie. Pero también está ese otro grupo -del cual nosotros también, quizá posiblemente y tristemente formemos parte- que desea que esa palabra no sea pronunciada. O si es pronunciada, sea motivo de hacerla callar, de acabar con ella. Motivos se encuentran siempre: o porque es sábado, porque es domingo, porque es aquí, porque es allá, o porque técnicamente le faltó una firma, o un sello…

Es el grupo de personas -del que quizás también nosotros, en algún momento, en algunos aspectos de nuestra existencia forme parte- que prefiere el misterio de la muerte, el misterio de que las cosas no sean pronunciadas, de que la creación no se dé, de que la vida no surja, o que la vida no crezca. No quiere el desarrollo, no queremos el desarrollo, queremos tener el poder nosotros de decir quién vive y quién no, quién tiene y quién no, quién pertenece y quién no…

Ahí está. Están todos lo elementos y los ingredientes de la escena puestos. Ahí estaba el hombre, el hombre que clama desde el interior.

Él no pidió nada, pero el hecho de que esté en ese lugar, podríamos decir que –profundamente- seguía confiando en la palabra creadora que podía ser pronunciada sobre él. Porque -como se dice por ahí- nos pueden atar las manos, pero nunca te pueden atar la mente y el corazón. Entonces este hombre seguía yendo cada sábado, en cada tiempo oportuno, al lugar adecuado, para perseverar en la confianza de que la Palabra creadora podía ser pronunciada sobre él.

Por eso digamos que, encontrarlo en ese lugar, denota en él una disponibilidad, una disposición. Confiar en que la Palabra, que ahí era custodiada, lo podía custodiar, y cuidando de él lo llevaría a pastar a esas verdes praderas, aunque de momento tuviera que cruzar por oscuras quebradas. Este hombre, cada sábado, acudía y esperaba. Su presencia era invitación a pronunciar la Palabra, la Palabra de la Creación.

¿Cuánto tiempo habrá esperado? no lo sabemos, no lo dice el texto, pero ahí estaba. Su espera frente a la Palabra que podía ser pronunciada, frente a una Palabra que quería ser acallada, frente a nosotros –expectantes- que tenemos que decidir si asumimos el pronunciar estas palabras liberadoras. o queremos acallarlas por miedo de ser juzgados.

Este es el contexto: la invitación es mirar a las personas que debemos poner frente nuestro para pronunciar una palabra determinada, para que la realidad se cree o se recree: una palabra que es pronunciada, o una palabra que es callada. Frente a aquel desafío del hombre colocado al frente, la palabra que cuestiona: ¿está permitido el sábado hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o perderla?

Jesús pronuncia la Palabra: “extiende tu mano”. Los fariseos se callan. Las dos opciones frente al bien, frente al crecimiento: poner toda nuestra palabra, nuestra inteligencia, nuestra energía, en favor de que el bien se produzca, de querer ayudar a ser parte de los que ayudan a extender la mano del hombre; o nos callamos, nos retraemos.

Jesús la pronuncia, nosotros -como espectadores del texto- estamos invitados a pronunciarla con él: “extiende tu mano”. Que así sea nuestro día. Este día de hoy. Que vayamos por los lugares que nos toca ir a cada uno: en la casa, en el barrio, donde estemos, en el auto, en el taxi, pronunciando palabras: “extiende tu mano”. Es decir, ser un poco más humanos y ayudar nosotros a esa humanización del otro. ¿O nos callamos? Porque también tenemos la posibilidad de callarnos. Como espectadores, tenemos la terrible posibilidad de callarnos.

Jesús mira a estas personas, las que se callan, a este grupo, con indignación y con pena. Fíjense que no es la indignación, el enojo propio del que se siente ofendido -como que me hubieran hecho algo a mí, esas cosas tan típicas nuestras de referirse siempre a nosotros: me enojé porque no me dieron espacio, no me tuvieron en cuenta, la idea que yo pronuncié no la escucharon-;. la pena de Jesús es porque no fueron capaces de secundar la vida, de pronunciar la palabra liberadora, constructora y creadora. Pena porque descubrió que ese silencio no era de la imposibilidad de no darse cuenta, sino que venía de la dureza de corazón.

Quizás nos esta señalando Jesús el pecado más terrible del ser humano, nuestra posibilidad más espantosa: la dureza de corazón. Ahí estamos: somos ahora los que miraban. Ellos miraban para ver si Jesús cometía un error para denunciarlo, para acusarlo. Ahora son mirados por Jesús con indignación y con pena. Y la pena significa una mirada dolorida de Dios sobre determinadas estructuras humanas o determinadas intenciones del corazón humano, como es la dureza del corazón.

Estas personas, frente al dolor de Dios, frente a la aflicción de Dios, frente a la indignación de Dios, no se conmovieron; al contrario, dice el texto que no pronunciaron la Palabra en función de la creación, de la sanación de este hombre, sino que salieron de ese contexto y de ese lugar, salieron del sábado y salieron de la sinagoga, y pronunciaron una palabra degradada, una palabra conspiradora, una palabra de mezquindad, juntándose con otros grupos para armar un complot en contra de la palabra liberadora, amorosa, creadora, de Dios.

Dos maneras, entonces, de actuar: cuando el ser humano no se calla y dice una palabra constituyente de comunidad; o dice una palabra degradada, escondida, clandestina, de complot y de muerte. La primera palabra está dicha desde un corazón que es capaz de sentir pena, sentir amor y conmoverse; la otra palabra está dicha desde la dureza del corazón.

Pidamos, si en nuestros espacios de vida descubrimos –todavía- durezas de corazón, (seguramente las tenemos todos) que ese Espíritu de Dios ablande lo que es rígido, caliente lo que es frio, sane lo que está enfermo, para que nuestra palabra -como la de Jesús- sea pronunciada en el tiempo y en el lugar adecuados para generar vida. Que no miremos desde la indiferencia o desde la dureza del corazón ni pronunciemos palabra degradada para producir la muerte de los hermanos.

Imitemos a Jesús: su Palabra es signo de la misericordia de Dios, y es pronunciada para que el hombre viva, y viva en plenitud, viva en abundancia. Que esta palabra pronunciada por Dios también sea reflejo de las palabras que hoy nosotros pronunciemos. Y que el Señor quite en nosotros las durezas de corazón para no decir palabras degradadas. Que esto sea motivo de nuestra oración y nuestra revisión.

escrito por Padre Marcos Aguirre
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

sábado, 5 de diciembre de 2015

"Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente"

Sábado de la primera semana de Adviento
(05/12/2015)

Libro de Isaías 30, 19-21.23-26. 

Así habla el Señor: Sí, pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, ya no tendrás que llorar: él se apiadará de ti al oír tu clamor; apenas te escuche, te responderá. Cuando el Señor les haya dado el pan de la angustia y el agua de la aflicción, aquel que te instruye no se ocultará más, sino que verás a tu maestro con tus propios ojos. Tus oídos escucharán detrás de ti una palabra: "Este es el camino, síganlo, aunque se hayan desviado a la derecha o a la izquierda". El Señor te dará lluvia para la semilla que siembres en el suelo, y el pan que produzca el terreno será rico y sustancioso. Aquel día, tu ganado pacerá en extensas praderas. Los bueyes y los asnos que trabajen el suelo comerán forraje bien sazonado, aventado con el bieldo y la horquilla. En todo monte elevado y en toda colina alta, habrá arroyos y corrientes de agua, el día de la gran masacre, cuando se derrumben las torres. Entonces, la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces más intensa -como la luz de siete días- el día en que el Señor vende la herida de su pueblo y sane las llagas de los golpes que le infligió.


Salmo 147(146), 1-2.3-4.5-6.

¡Qué bueno es cantar a nuestro Dios,
qué agradable y merecida es su alabanza!
El Señor reconstruye a Jerusalén
y congrega a los dispersos de Israel.

Sana a los que están afligidos
y les venda las heridas.
Él cuenta el número de las estrellas
y llama a cada una por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su inteligencia no tiene medida.
El Señor eleva a los oprimidos
y humilla a los malvados hasta el polvo.


del Evangelio según San Mateo 9, 35-38.10,1.6-8.

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha." Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia. "Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."







REFLEXIÓN

Compartimos el corazón compasivo de Jesús, nos dejamos ganar el alma por Él. Su presencia compasiva y misericordiosa entra en contacto con nosotros y, sus sentimientos más hondos de compartir la vida particularmente con los más marginados y excluidos, forma parte de nuestro sentir interior más profundo a partir de esa cercanía suya, empática que nos permite como Él estar en el lugar donde están los que sufren y lloran y poder ayudarlos a ponerse de pie con esa decisión nuestra de en la caridad misericordiosa promocionar a nuestros hermanos y dignificar su vida desde el amor.

Este es el sentido del texto que compartimos hoy, cuando leemos todas y cada una de las partes de su rica expresión, en Mateo 9, 35-38. En esos tres versículos encontramos un montón de sentimientos escondidos en estas letras que nos revelan el corazón de Jesús que viene a nuestro encuentro a familiarizarnos con ese sentir hondo, profundo, suyo, compasivo, misericordioso, al que nos invita a participar sumándonos con nuestra decisión de ser parte de su ministerio, de su servicio en compasión.

Lo primero que notamos y anotamos es el recorrido de Jesús sobre ciudades y pueblos, es decir, el conocimiento de Jesús del territorio dónde define su posición pastoral. Cuando una persona en el tiempo de Jesús y, hasta no hace mucho tiempo, tenía que dedicarse a dibujar una geografía y cartografiar el espacio dónde otros tenían que prestar servicio y él mismo tenía que reubicarse, ponía el cuerpo, ponía el alma en aquello y se hacía uno con ese paisaje y esas coordenadas de latitudes que indicaban el punto exacto donde la vida se desarrollaba.

Jesús es un cartógrafo espléndido, tiene un mapa muy bien dibujado dentro suyo, de su territorio. Porque lo ha recorrido. El pastor, el que pastorea al pueblo, el que está llamado a sumarse en esta decisión de Jesús de ir al encuentro de los hermanos en el servicio y en el ministerio de la compasión y del consuelo, debe ser un conocedor de su territorio y de su geografía, de su paisaje.

Claro, cuando uno está en este lugar de servicio pastoral se da cuenta de que es solamente con otros que lo puede hacer, si no es por convicción es por la evidencia de los hechos. Estar en 95 lugares de la Argentina y prestar servicio pastoral desde la radio, si no lo hacemos junto a vos se hace imposible.

Nadie mejor que vos para pintarnos el mapa compasivo de tu territorio, nadie mejor que vos para decirnos como recorre Cristo en tu vida el territorio en el que te toca vivir, como recorrió aquellos espacios de su geografía en Palestina, para definirnos cómo y de qué manera allí se hace presente y debería hacerse presente aún más el ministerio compasivo de consuelo de Jesús. ¿Con quién se encontró Jesús en aquel territorio para anunciar la buena noticia del reino?

Con enfermedades y dolencias, con el gentío del que estaba compadecido por el cansancio y el decaimiento que veía en ellos. Es verdad que los medios de comunicación nos pintan un panorama bastante exacto en algún sentido aunque sesgado por una determinada mirada que no es del todo completa e integral e integradora de lo que ocurre, pero esa mirada de pastoreo que hay en tu corazón por la presencia pastoral de Jesús en tu vida, no está en ningún otro lado sino, en vos y no hay muchos lugares como este, la radio María, para poder expresar ese paisaje.

Vamos a pintar el paisaje pastoral de nuestra señal radiofónica en toda la Argentina, con algunas notas características de tu territorio que invitan a la compasión del Cristo misericordioso que vive dentro de ti y te impulsa a comprometerte en el ministerio del alivio, de la cura, del acompañamiento de los que más sufren y padecen.

¿Te animas a contarnos como es el territorio, la cartografía del clamor de tu pueblo en el que está inserta tu vida? sabes porqué lo hacemos, porque el Cristo compasivo, que se expresa a través de nuestra radio, necesita contar con muchos obreros, como vos, para poder ir sobre ese lugar donde clama la tierra por compasión y misericordia.

Misericordia quiero y no sacrificios. Para que la misericordia vaya, se dirija, se encarne, se haga vida en el lugar donde estás primero, hay que marcar la cartografía, dibujar en el mapa del dolor, del sufrimiento, de la pena, de las búsquedas, de las luchas, de los gozos entremezclados en un montón de dificultades de los sueños, la cartografía de tu territorio pastoral, eso queremos encontrar hoy, hay un mapa dentro de tu mirada en el territorio en el que estás con el que vos compartís la vida de todos los días, que está clamando por compasión y misericordia. Así como Jesús recorrió en su Palestina el suyo, anunciando la buena noticia, vos también recorres el tuyo.

Te invito a que lo reconozcas para que reconociéndolo y entrando en contacto con él te animes al ministerio de la compasión. en esta mañana vamos a contar con algunos instrumentos que te van a ayudar a ubicarte pastoralmente, con el corazón pastoral de Jesús frente a esa geografía que hoy como hace dos mil años clama por pastor y por pastoras es decir, por presencia de consuelo. Consuelen a mi pueblo dice el Señor, y en vos esta esa gracia. Necesitas sencillamente saber cómo y por dónde canalizarla.

Tal vez en el mundo juvenil, tal vez en el mundo de la calle, a lo mejor el mundo de la droga dependencia, tal vez el mundo laboral conflictivo, la situación de la vida familiar tan desarmada a lo mejor golpea por tu pueblo la desesperanza, el sin sentido, a esta todo igual, nada va a cambiar…

Esos paisajes de dolor, hondos, profundos, concretos, son los que intentamos pintar, no para describirlos en términos crudos del dolor en sí mismo sino porque en esos lugares va el ministerio del servicio compasivo de Jesús al que el Señor quiere llamarte y al que te está invitando a comprometerte y a comprometernos con vos. Cómo y de qué manera, generando actitudes que nos ayuden en este sentido y por eso comenzamos a pintar el paisaje de compasión y a contar con instrumentos que nos ayuden actitudinalmente a pararnos de manera compasiva ante el doloroso paisaje en el que Jesús a través tuyo quiere caminar en el ministerio y el servicio del consuelo.

El primer requisito que se necesita para pararse frente al dolor, al sufrimiento, a la desazón como hoy lo describe Jesús en el evangelio, ese que el gentío de nuestros pueblos expresa, es la sensatez, es el primer requisito para desempeñar bien una tarea compasiva. Ser sensato. Experiencia de vida sería ser sensato. El término que se emplea en la versión latina original es “sapiens” que literalmente significa sabio. Es el que sabe comprender, sapiens en latín viene de sapere, que quiere decir gustar, tener gusto, saber entender, tener como el pulso de lo que pasa, no sencillamente describir, no sencillamente dolernos en este caso, sino saber entender.

El que paladea las cosas tal como son, el que no sólo reflexiona acerca de las cosas sino que desde dentro las comprende, el que sabe apreciarlas bien con sus sentidos, ese es sensato, ese tiene experiencia, conoce las cosas en la interioridad. El sabio, el que ve las cosas tal como son. Que más necesita un hacedor misericordioso, servidor del consuelo y en el ministerio de la compasión no es un saber externo, sino una sabiduría que inspira sensatez. Tiene que hallarse en contacto con la realidad, necesita gusto y sensibilidad para dar con lo que acertadamente está llamada a dar, con lo acertado, para captar la realidad. El compasivo, el ministerio de la compasión, del consuelo frente al dolor necesita la sensatez que brota de la experiencia, de el dolor consigo mismo y de la experiencia con los demás. Sensatez, sabiduría, gusto conocimiento desde dentro, primer instrumento para el ejercicio del ministerio de la compasión y del dolor.

Un pastor, una pastora del consuelo, un seguidor de Jesús compasivo, uno emparentado, familiarizado con los sentimientos hondos de compasión propio del evangelio que hoy nos trae Mateo, El sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas sin pastor, supone un maduro hombre o mujer de costumbres. Son actitudes las que estamos buscando para pararnos frente al mapa del dolor en el que nos movemos todos los días, en aquel mismo territorio se movió Jesús hace dos mil años, nosotros también nos encontramos con el nuestro, estamos intentarlo describirlo pero, no solamente lo describimos para tener nota de lo que nos hace sufrir y enredarnos en el dolor, sino que en la descripción del mismo queremos sumarle o a la descripción del mismo, actitudes como esta a la que hacíamos referencia, cuando hablábamos del don de la sabiduría, ahora de la madurez de costumbres.

Maduro en algunas costumbres se necesita estar bien parado frente a lo que se vive para que los otros puedan saborear de lo que nosotros tenemos para dar. La palabra maduro, originalmente es un término agrícola, y se refiere al fruto maduro que ya se puede recoger. Sólo el fruto maduro tiene buen sabor. El fruto inmaduro sabe amargo o ácido. La tarea del compasivo pastor o pastora es justamente el desarrollo interior de la madurez humana, sólo entonces pueden gustar de él aquello a quienes Él está llamado a consolar.

Consuelen a mi pueblo dice el Señor. El servidor en el ministerio del consuelo, tiene que haber madurado por medio de la lluvia y del sol y debe situarse ante todo lo que es la vida en realidad, tiene que tener experiencia de vida. la vida se madura en la vida vivida, la semilla que se encierra en su interior, al exponerse a la lluvia y al sol, al calor del día y a la oscuridad de la noche, va transformándose poco a poco. Hay una necesaria exposición a la que debemos someternos para el proceso de la madurez pero, no podemos ir de cualquier manera a ello, sino de la mano de aquel que nos guía para hacernos crecer y madurar.

Maduros bajo la luz del Espíritu. Así como el fruto madura bajo la luz del sol, nosotros bajo la presencia del Espíritu que ilumina nuestra vida y saca de nosotros lo mejor. Los criterios para conocer la madurez de una persona son la paz interior, la serenidad, la manera integral de ser, la armonía con uno mismo.

El que se haya en contacto con propio interior, no deja fácilmente que nada le cree inseguridad. Es una persona vinculada saludablemente a lo que acontece dentro de su corazón, no vive para afuera, ni vive encerrado en sí mismo, vive hacia fuera desde dentro. No vive para afuera quiere decir, no está permanentemente haciendo de su vida una escena actoral, no vive encerrado en sí mismo como un topo que se esconde por debajo en la tierra. Sencillamente vive desde adentro, en contacto con sus sentiros más profundo en relación y al servicio de los demás.

Que se haya en contacto con su propia interioridad, no deja fácilmente que nada le cree inseguridad. Sin embargo en el interior del que es inmaduro o no está aún en sazón, se deslizan formas de conductas que no hacen bien a los demás. El dolor de la humanidad es grande y el llamado a la compasión es claro. Jesús hace dos mil años, vio lo mismo que vos estás viendo en tu territorio, montón de realidades que piden nuestro ministerio del consuelo, de la compasión del servicio, de la caridad comprometida, y para eso hay que madurar, hay que crecer.

Unos de los caminos a través de los cuáles la vida madura es el camino de la sobriedad, significa no estar borracho, es decir, no estar entregado a los placeres, ser razonables, obrar con reflexión. Es sobrio el que ve las cosas tal como son, el que no las falsifica por su estado de embriaguez, el que no desfigura la realidad, el que la sabe enfrentar. Cuando uno se pasó en copas, empieza a alucinar, empieza a ver lo que no es, empieza a crear una realidad, empieza a desfigurarse la realidad dentro de sí mismo.

El sobrio ve las cosas en su justa medida. Y no solamente el vino emborracha, también un exceso de vida en algún aspecto puede emborrachar, aún de las cosas más santas estamos hablando cuando no son hechas con sobriedad, con medida pueden emborrachar. Toda adicción, aún la adicción a lo religioso que llamamos fanatismo o fundamentalismo puede igualmente emborrachar, es decir puede desfigurar la lectura de la realidad.

Todos los “ismos”, como consumismo, materialismo, fanatismo, todo puede terminar por hacer que el extremo nos haga perder el eje, el centro propio del que es sobrio, del que tiene la justa medida para afrontar y pararse ante la realidad. Sabiduría, sobriedad, madurez, dones que Dios da, gracias que Dios regala, búsqueda que deben estar en nuestro corazón para pararnos frente a lo que ocurre, no aislándonos de lo que pasa alrededor nuestro, ni tampoco apenándonos lastimosamente del dolor sino, para el ejercicio real del ministerio y del servicio pastoral de la misericordia y la compasión a las que el Señor hoy nos llama. Son muchas las tareas que hay y hay pocos obreros, por eso estamos buscando más obreros para este servicio, el ministerio de la compasión.

Es clave para el desarrollo de una actitud madura, firme segura ante la realidad dolorida que nos invita al ministerio y al servicio de la compasión un espíritu templado. El pastor o pastora de la compasión, el servidor, el ministro del consuelo debe tener una actitud templada. Una señal de la madurez de una persona es que sepa comportarse como un hombre en el uso de las cosas. A menudo al comer se ve con suficiente claridad que dentro de nosotros se esconde muchas veces esta condición más animal que racional.

Cuando al comer sencillamente nos atiborramos, estamos siendo poco razonables, que es lo más saludable que hay en nosotros y lo más distinguido dentro del reino animal al que pertenecemos. El que sabe saborear los manjares, no se hincha comiendo, goza con la cultura de la mesa, saborea en los manjares los dones bueno que Dios nos da, nos proporciona, que come con ansia los alimentos, no entra en contacto con lo que come, ni participa de la comida alrededor de la mesa. Nuestra manera de comer habla mucho dicen los psicólogos, sobre nuestras relaciones con el mundo.

El que devora los alimentos, se devorará también a las personas, las utilizará para su propio provecho, y explotará también a la creación, lo utilizará todo exclusivamente para su propio fines, sentirá la misma avidez por el dinero y tendrá constantemente la necesidad de aumentar sus bienes y su poder. Muchas veces llegamos en la sociedad de consumo a la mesa devorando y de mucho desequilibrio frente a este comer saludablemente.

Estamos ante la glotonería de la obesidad o la ausencia de los alimentos bien equilibrados que termina en la anorexia y la bulimia. No hay un justo modo construido y extendido globalmente en torno al alimento, porque están exacerbadas las sensibilidades de acceso a la realidad y en la alimentación se expresa justamente esto.

Estamos heridos profundamente en el mundo sensible, atacados por una sociedad que ha hecho del uso de la publicidad, entre otros instrumentos para la introducción del mensaje del consumo, un instrumento muy delicado con el que se manipula a las personas, hiriéndolas en su condición más frágil, a través de la cual se entra en contacto con la realidad, la sensibilidad, los sentidos. Una saludable educación en la templanza es una saludable educación en los sentidos, saber elegir que ver, que oír, que oler, que tocar, que gustar.

Saber seleccionar, hacer de nuestro sentido unos sentidos selectivos, y en orden a un proyecto no sencillamente a la exquisitez por la exquisitez en sí misma, sino un proyecto, saber buscar, saber mirar, saber leer, aprender a gustar y a oír. Cuando esto no está, la templanza se ve muy dañada, y hoy a la sociedad nuestra le falta esto, le falta templanza por eso las cosas pierden peso.

Una persona templada es una persona que sabe darle el peso a las cosas, que no se deja llevar por los impulsos, ni tampoco se deja amilanar frente a las dificultades, sino que en el temple la sensibilidad fortalecida por una buena noticia, encuentra su cauce justo y las malas situaciones encuentran resquicios de fortaleza de dónde afrontar, resistir lo que aparece como adversario. Templados, corazones templados. Se necesita temple interior, razones probados en el temple interior, actitudes para pararnos frente a nuestro panorama de desaliento en el mundo en el que vivimos, como el de Jesús, el vio que estaban desalentados, caídos, dolidos, a pesar de lo mucho que había hecho por curarlos, se encontraba con un panorama y una lectura desde el pastoreo de Jesús sumamente doloroso. No es muy distinto del mundo en el que vivimos, para poder pararnos frente a este mundo, que pide nuestra presencia pastoral, como obreros que se suman a la mies, como trabajadores del consuelo y pastores de la misericordia y la compasión, tenemos que desarrollar estas entre otras actitudes, templanza, la sobriedad, la madurez, la sensatez.

escrito por Padre Javier Soteras
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

viernes, 4 de diciembre de 2015

"Ten piedad de nosotros, Hijo de David"

Viernes de la primera semana de Adviento
(04/12/2015)

Libro de Isaías 29, 17-24. 

Así habla el Señor: ¿No falta poco, muy poco tiempo,
para que Líbano se vuelva un vergel
y el vergel parezca un bosque?
Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro,
y verán los ojos de los ciegos,
libres de tinieblas y oscuridad.
Los humildes de alegrarán más y más en el Señor
y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel.
Porque se acabarán los tiranos,
desaparecerá el insolente,
y serán extirpados los que acechan para hacer el mal,
los que con una palabra hacen condenar a un hombre,
los que tienden trampas al que actúa en un juicio,
y porque sí no más perjudican al justo.

Por eso, así habla el Señor,
el Dios de la casa de Jacob,
el que rescató a Abraham:
En adelante, Jacob no se avergonzará
ni se pondrá pálido su rostro.
Porque, al ver lo que hago en medio de Ël,
proclamarán que mi Nombre es santo,
proclamarán santo al Santo de Jacob
y temerán al Dios de Israel.
Los espíritus extraviados llegarán a entender
y los recalcitrantes aceptarán la enseñanza.


Salmo 27(26), 1.4.13-14.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?

Una sola cosa he pedido al Señor,
y esto es lo que quiero:
vivir en la Casa del Señor
todos los días de mi vida,
para gozar de la dulzura del Señor
y contemplar su Templo.

Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor.


del Evangelio según San Mateo 9, 27-31.

Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: "Ten piedad de nosotros, Hijo de David". Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: "¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?". Ellos le respondieron: "Sí, Señor". Jesús les tocó los ojos, diciendo: "Que suceda como ustedes han creído". Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: "¡Cuidado! Que nadie lo sepa". Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.








REFLEXIÓN

La presencia sanadora de Jesús en el territorio de los desposeídos, los frágiles, los débiles, los olvidados, los enfermos de todo tipo de violencia, es una presencia integradora. Jesús los saca de la periferia y los ubica en el centro de su mirada. Esta perspectiva nos ayuda a salir, de la mano de Jesús, por esos lugares en donde el alma se nos pone en situación de víctima o aislamiento, donde permanecemos lejos de todo o de todos. Los cristianos creemos en un Dios que no es solitario, sino que es comunidad en el misterio divino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos en un Dios que son 3 personas distintas pero tan unidas que son un único Dios. En el corazón de Dios hay un encuentro infinito de tres personas, tres relaciones eternas.

Jesús integra a todos en un mismo misterio de amor sacándonos del aislamiento. El 80% del evangelio nos habla del vínculo de Jesús con los débiles…. los pobres y enfermos son con los que más tiempo pasa Jesús. Nosotros hemos sido creados con esa impronta suya, nos hizo parecidos a Él, a su imagen y semejanza, por eso no podemos ser entes aislados. Para ser felices necesitamos encontrarnos con los demás, vivir en comunidad, dar y recibir.

Jesús nos enseña que toda la vida del hombre está llamada a ser vida en común por que Él como rostro humano de los divino nos sigue mostrando el camino por donde encontramos el camino de la felicidad en el hecho comunitario. Así como Dios es comunidad, su existencia fue vivída en comunidad. Él vivía para los demás, no sólo se entregó en la cruz sino que toda su vida fue una entrega a los demás. “Pasó por la vida haciendo el bien”. No hizo las cosas sólo sino que optó vivir con los discípulos. Mirando a Jesús vemos que el ser humano está hecho para la convivencia a partir del estilo sencillo que comparte con sus amigos. ¿Dónde se funda este estilo? En la razís misma de Dios, el amor. “Dios es amor y el que no ama no ha conocido a Dios. Dios es amor y el amor de Dios se refleja en los hermanos en el hecho de compartir con los otros”.

Salir de nuestros aislamientos, cerrazones, egoísmos y abrirnos a un vínculo de amor con los que más sufren, los que menos pueden, nos acerca y nos asemeja cada vez más a Dios.

El andar solitarios, aislados, encerrados en nuestro propio mundo de pena y angustia, nos pasa cuando estamos “desolados” en términos de discernimiento y no terminamos de darnos cuenta que estamos así. Ahí es importante encontrar raíces para volver.

Estamos hechos para compartir la vida con los demás. Tus fibras más íntimoas estas hechas para el encuentro con los demás, por ende mientras más te encerrás menos feliz serás porque te alejás más de eso para lo cual fuiste creado. Cada uno debe ser fiel a su ser, y todos estamos hechos para ser con los otros. Ningún pez puede vivir fuera del agua por mucho tiempo, del mismo modo ninguno de nosotros puede funcionar desde el egoísmo. Somos cuando estamos con los demás. El amor fraterno es un alimento indispensable. Eso es lo que queremos abrir desde lo más hondo de nuestro ser, para vivir en clave de fraternidad. Que dentro de nosotros y alrededor nuestro se respire la palabra hermano.

Que encontremos en lo más hondo de nuestro ser, motivos, razones interiores que nos hagan despertar y salir de nuestro aislamiento, que rompan con nuestro egoísmo, que salga de nosotros el don de la solidaridad y que aparezca en nosotros más lo que nos une que lo que nos distancia.

El instrumento que tenemos que aprender a desarrollar que nos saquen de nuestros egoísmo, es el diálogo. El amor a los demás se expresa en el diálogo y en el encuentro. Dialogar es poner en común la verdad de sí mismos entre dos o más. El amor nos da esa posibilidad. Hay en nosotros una condición que nos limita para el diálogo que son los prejuicios, desde donde ya considero que conozco, entiendo y no necesito recibir del otro más de lo que ya creeo, cerrándome a la posibilidad de ser sorprendido.

Algunas actitudes para el diálogo

– El hábito de estar atento al otro para poder interpretarlo. Se trata de una atención llena de amor a su persona que se refleja en mirar a los ojos, guardar silencio, en el escuchar con atención.

– La capacidad de hacer silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón y en la mente. Es diferente a estar callados. Es realmente escuchar.

– Amplitud mental para no encerrarse obsesivamente en algunas ideas o miradas. Es estar flexibles para poder completar o modificar mis opiniiones

– Estar atentos a las interferencias para que no destruyan el camino de diálogo.

– Conocer el interés del otro y el trasfondo de lo que dice. Saber qué hay detrás de lo que dice. Es bueno hablar a veces de los sentimientos frente a algun tema. Es importante tener registro de la propia biografía y de la biografía de los demás. Lo que entra en sintonía en el camino del diálogo es el corazón, lo más importante de la persona. No hay que decir tan rápido “no estoy deacuerdo”, “esto es un error” sino más bien “con lo que decís percibo tal…” o “con eso que decís me siento…”. Tener sensibilidad para captar por qué dice lo que dice, hace lo que hace y sueña lo que sueña.

– Hay que liberarse de preconceptos. No creer que ya se lo que el otro va a decir, sino evitamos que la sorpresa nos gane en el camino. Si no me abro al misterio del otro como al propio, jamás podremos ir a lo ya sabido. Hay que dejarse sorprender y para eso hace falta mucha libertad interior para adaptarse a realidades nuevas.

– No detenerse en expresiones que de entrada quieren destruir. Dar lugar al amor y permitirnos de verdad buscar nuevos caminos. – Tratar de ponerse en el lugar del otro para entender lo que le preocupa. – Tener gestos de preocupación por el otro. El amor supera las peores barreras. Cuando amamos profundamente y cuando nos sentimos profundamente amados por el otro, se superan las dificultades. Realmente el amor es una ciencia.

– Superar la fragilidad que me lleva a tener miedo al otro y verlo como un competidor. Tener la seguridad en Dios y no en ganar la discusión o tener la razon. Sería un soltarse interiormente.

escrito por el Padre Javier Soteras
* material elaborado en base al libro de Mons. Victor Manuel Fernandez 
“Para liberarte del aislamiento”
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

jueves, 3 de diciembre de 2015

"No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos"

Jueves de la primera semana de Adviento
(03/12/2015)

Libro de Isaías 26, 1-6. 

Aquel día, se entonará este canto en el país de Judá:
Tenemos una ciudad fuerte,
el Señor le ha puesto como salvaguardia
muros y antemuros.
Abran las puertas,
para que entre una nación justa,
que se mantiene fiel.
Su carácter es firme,
y tú la conservas en paz,
porque ella confía en ti.

Confíen en el Señor para siempre,
porque el Señor es una Roca eterna.
El doblegó a los que habitaban en la altura,
en la ciudad inaccesible;
la humilló hasta la tierra,
le hizo tocar el polvo.
Ella es pisoteada
por los pies del pobre,
por las pisadas de los débiles.


Salmo 118(117), 1.8-9.19-21.25-27a.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Es mejor refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres;
es mejor refugiarse en el Señor
que fiarse de los poderosos.

«Abran las puertas de la justicia
y entraré para dar gracias al Señor.»
«Esta es la puerta del Señor:
sólo los justos entran por ella.»
Yo te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.

Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
el Señor es Dios, y él nos ilumina».


del Evangelio según San Mateo 7, 21.24-27.

Jesús dijo a sus discípulos: "No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande".







REFLEXIÓN

Los escenarios varían y son móviles y necesitamos puntos de referencia aunque eso es distinto a controlarlo todo. Cuando así ocurre nos convertimos en señores de todo, cuando es irreal que podamos dominarlo todo. En cambio cuando nuestra mirada está fija en los escencial, en el Señor y todo lo que viene de Él, aun cuando lso escenarios sean cambiantes nosotros permanecemos firmes. Las personas libres que están dispuestas a cambiar sus planes, que son capaces de adaptarse, son personas realmente fuertes. No es razonable querer dominar como si fueramos los creadores. La vida es impredecible, por eso puede esperar lo inesperado quien tiene puesta la mirada en Dios.

En la vida de los santos ocurre que en los momentos de mayor fragilidad y tribulación, suelen ser los momentos de mayor fecundidad en su ministerio y servicio apostólico. De hecho esa es la experiencia de Jesús. La “hora” de Jesús, su tiempo de mayor plenitud, es la cruz.

Por eso no hay que maldecir los malos momentos, tampoco aferrarse masoquistamente, sino saber cargar y sobrellevar estas situaciones. Así, cuando vivimos en esa dimensión, nada resulta inútil y todo juega a favor de quien sabe que la vida se sostiene en otro plano superior a las transiciones. La vida viene como viene, dice Francisco, y cuando sabemos recibirla nos hace fuertes. Cada experiencia sea agradable o indeseada nos va solidificando en el camino, y vamos construyendo sobre roca.

A veces creemos que ser fuertes es un gran desprendimiento, pero a veces seremos fuertes disfrutando una etapa de consolidación, otras siendo capaces de llorar y gritarle al Padre “¿Por qué me has abandonado?”. Dedicar algunos momentos para estar solos sin hacer nada es algo impresindible para encontrarme con mi propia verdad e intentar descubrir por dónde me quiere conducir y fortalecer el Señor. No es huyendo como nos salvamos. El que carga con su cruz todo los días encuentra el camino, no el que la gana a la vida, sino el que la pierda. La vida nos ofrece oportunidades a cada rato para darle solidez, consistencia y fortaleza a nuestra propia casa.

Hacernos fuertes en Dios

A veces nos hacemos fuertes liberándonos de cargas pesadas. Por ahí identificamos a la fortaleza con una super estructura que protege la herida, cuando muchas veces es liberándonos como nos fortalecemos. La fortaleza no es la seguridad es más que ello. En la fortaleza pisamos en solidez, en cambio la seguridad me tapa y protege. El Señor nos pide salir, estar en estado de éxodo, liberándome de mis seguridades con la certeza de que Él está conmigo y eso me hace fuerte. El me invita a salir de mis falsas fortalezas que son mis seguridades, cuando en realidad la gran seguridad es Él.

Cuando alguien se ha fortalecido es capaz de salir de su guarida, enfrentar la vida y avanzar hacia adelante aunque no se vea claro el camino. Abraham, Moises, nos dan un ejemplo de esto. Nuestra mayor fuerza es la confianza, la seguridad de que de alguna manera o de otra saldremos adelante. “Podrán hacernos tambalear pero no podrán voltearnos” dice San Pablo. Sabemos en quién ponemos nuestra confianza y eso nos hace fuertes.

Is 43, 1-3 la palabra de Dios dice ” No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces. Si cruzas por las aguas, yo estaré contigo, y los ríos no te anegarán; si caminas por el fuego, no te quemarás, y las llamas no te abrasarán. Porque yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador”

Cuando parece que la barca se hunde Jesús se hace presente. Cuando sentimos la tentación de bajar los brazos, Jesús nos habla al corazón y nos dice “¡Ánimo!. Yo he vencido al mundo, vamos para adelante”. Hoy a los caídos, los que estamos entristecidos, los que sentimos que la vida con todos sus embates nos va volteando, podemos escuchar en el corazón ¡Ánimo, lavantate, yo estoy con vos!.

Podemos expresar nuestra confianza con las hermosas palabras de algunos salmos. Se trata de vivir desaprendidos pero no sueltos, caminando libres, pero en esa de los hombres que tienen los pies sobre la tierra entregados en un vértigo total pero con la confianza en Dios. Es peligroso largarse a un océano aunque fascinante. Por qué no salir de ese lugar de temor en la vida, en lugar de darle riendas libres a la libertad del Señor. Los débiles se quedan en la orilla, los fuertes se animan a ir mar adentro.

En el camino nos hacemos fuertes cuando afrontamos la vida con espíritu de lucha, confiando profundamente en el poder de Dios, sabiendo que Éll siempre tiene un mañana para nosotros. Así no nos centramos en lo que pasó, sino en lo que nos espera. No salgo más debil después de los golpes, al contrario, si lo miro bien salgo más fuerte, no más resignado, sino más hábil y capacitado. No hay que dejarse destruír por nada, no hay que regalarla. Tenemos mucha fuerza de Dios en nosotros. Podemos mirar hacia atrás y ver tódo lo que hemos soportado, y darme cuenta que en mí hay mayor fuerza en Dios de lo que creía. Cuánta potencialidad hay en mí para multiplicarla y seguir avanzando; es gracia de Dios. La gracia de Dios es como una lluvia del Espíritu qu ehace florecer el desierto seco. Sin la gracia de Dios, tarde o temprano, nos damos cuenta que hemos perdido las energías y estamos agotados.

Ejercicio para la oración: Imaginá que tu vida es una pieza de loza quebrada. Observá tu vida destrozada, mirá los pedasos ásperos y puntiagudos. Ahora juntá los pedazos. Mirá cómo las piezas de lozas se han convertido en una hermosa jarra en las manos de Jesús. Tomate tiempo en la oración. Mirá la belleza, el detalle, la ternura con que la va formando. Así quiere restaurarte a vos, con esa dedicación y con esa ternura.

Material elaborado en parte con el libro 
“Para liberarte de esa sensación de debilidad interior” de Mons. Victor Manuel Fernández
escrito por el Padre Javier Soteras
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Jesús le da de comer a una multitud

Miércoles de la primera semana de Adviento
(02/12/2015)

Libro de Isaías 25, 6-10a. 

En aquel día: El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados. El arrancará sobre esta montaña el velo que cubre a todos los pueblos, el paño tendido sobre todas las naciones. Destruirá la Muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo, porque lo ha dicho él, el Señor. Y se dirá en aquel día: "Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!". Porque la mano del Señor se posará sobre esta montaña.


Salmo 23(22), 1-3a.3b-4.5.6.

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.

El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero.

Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo.


del Evangelio según San Mateo 15, 29-37.

Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó. Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó. La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel. Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino". Los discípulos le dijeron: "¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?". Jesús les dijo: "¿Cuántos panes tienen?". Ellos respondieron: "Siete y unos pocos pescados". El ordenó a la multitud que se sentara en el suelo; después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos. Y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.





REFLEXIÓN

Es un acontecimiento prodigioso el que nos despierta en el corazón la esperanza después del dolor que presenta la noticia de que ha muerto Juan el Bautista en manos del poder. Jesús se va a solas, pero debe dejar el duelo, para encontrarse con el dolor de los que padecen hambre de la buena noticia. Con gestos prodigiosos cura enfermos con gestos mesiánicos: díganle a Juan “los ciegos ven, los cojos caminan”.

El relato sigue y podemos imaginarnos entre el dolor interior de Jesús, la compasión que siente por los que sufren, el duelo demorado que llegará cuando mande a los discípulos que crucen del otro lado del lago. En ese contexto Jesús se da cuenta que la gente tiene hambre y que el lugar el desértico. Los 5 panes y los pocos pescados es casi una ironía, porque es insignificante esa suma para la cantidad de gente. “Tráiganlos aquí”. Jesús congrega en pequeñas comunidades y ordena a la gente. Bendice en alabanza al Padre porque obrará con poder y comienzan a multiplicarse los panes y los peces. “Todos quedan saciados” y los textos paralelos dicen que sobraron 12 canastas como para seguir compartiendo. Se lee la multiplicación de los panes a la luz de la Pascua de Cristo. Es al compartir lo que abre este misterio de gracia.

Jesús comparte su dolor, su acción curadora sanando, alguien comparte sus 5 panes, ellos se reúnen y comparten lo que recien y además sobra para seguir compartiendo. En este compartir está uno de los secretos en los cuales queremos detenernos para mirar para adelante a la sociedad que viene en la cultura del encuentro. En el compartir hay un secreto navideño que nos espera. Y allí vamos en el tiempo del Adviento, el lugar donde partir con, donde compartir.

La sociedad neoliberal y la reflexión ideológica y el pragmatismo neoliberal no entiende este costado. El dinero no es para ser compartido, los bienes son para ser acumulados… en todo caso una vez que se ha producido un desborde de una gran copa que cada vez crece más comienzan a gozarlo algunos otros. Eso no es compartir, más bien es una supuesta migaja o líquido derramado a favor de los que tienen hambre y sed. Compartir es partir con, reconocer que el otro no es el que recibe una dádiva de lo que genera una clase aristocrática de lo que le sobra.

A Jesús no le sobran alegrías ni fuerza, de hecho va a buscar un lugar de descanso porque la muerte de Juan el Bautista supone un escenario nuevo, no le sobra tiempo. Sin embargo, sin que nada le sobre, todo lo comparte. Quizás este gesto de Jesús compartiendo sea el que despierte en el corazón de quien tiene 5 panes para dar lo suyo. Es el tiempo de dar lo que tenemos y lo que somos. Cuando eso ocurre no damos lo que sobra sino lo que tenemos.

La pelea entre el egoísmo y el compartir

Cualquier persona cuando busca en su interior y lo mejor de sí misma, encuentra una llamada que clama desde lo más hondo a la entrega desinteresada a los demás sin esperar nada a cambio. Es connatural a nosotors aunque está interferida esta dimensión profunda de ser para los otros la acción contraria de ser uno mismos. Es olvidándose como uno se encuentra, dice la oración de San Francisco. Pero también es cierto que la fuerza del egoísmo nos impide muchas veces buscar más allá de nosotros.

Educar o educarse en este impulso generoso de servir a los otros al estilo de Jesús es en todo decidido para llevar una vida humana. El humanismo del cristianao viene del mandato de Jesús que es síntesis de todo lo que quiso decir: la vida se la encuentra ofreciéndola, y la verdad amistad se da cuando se da la vida por quienes se ama. La misma presencia destructora del egoísmo es fruto de una acción del mal que viene con nosotros. Le llamamos pecado original y cuando intentamos hacer el bien que queremos muchas veces somos llevados a hacer el mal que jamás hubiéramos deseados. Estamos en una pugna toda la vida, y quien no lucha contra sus tendencias egoístas se encamina a un quiebre de su personalidad. Hay que pelearla para darse, para superar el ego, para salir del yo y encontrarnos en el escenario del nosotors.

El Papa Francisco dijo que en la construcción de la cultura del encuentro debemos romper con la autoreferencialidad a la que definimos psicológicamente como un narcisismo de caracter profundo, en donde el único modo de encontrarse es mirando el espejo. La cultura del encuentro nos enseña lo opuesto, la posibilidad de encontrarse está en el otro: en el encuentro con el otro soy más yo mismo. En el compartir plural y abierto, sin masificarnos pero de manera personalizada desde la propia convicción, es lo que más nos hace ser nosotros mismos.

La muerte de Juan el Bautista, la soledad de Jesús, se abre una vez más a la vida que le reclaman el compartir con quienes sufren. Hay momentos de la propia vida donde vemos que las fuerzas se agotan que la crisis golpea y el llamado a “acovacharse” es grande. Es verdad que en ese encierro no encontramos la respuesta a la buscamos y cuando damos el paso hacia afuera y salimos empezamos a ver con claridad lo que no tan fácilmente se veía reclutados en nosotors. En el compartir está nuestra identidad. Superemos los discursos de muerte que nos traen el egoísmo y abrámonos a la caridad que nos trae el compartir con los hermanos.

Cuando nos damos cuenta que en el compartir está la respuesta pero a la vez no terminamos de salir de nosotros mismos, es bueno ponerse algunas metas o tareas a hacer que nos ayuden: por ejemplo, ocupar el último lugar, ponernos en los zapatos del alguien (vincularnos empáticamente con la situacion de alguien), recordar que uno no es el más importante de la lista; disfrutar permitiendo que otros ocupen el centro de la atención y no vos; asimilar las críticas; no dejar que las cosas del pasado ocupen el presente. También ayuda a veces hacer una lista de agradecimientos, como para salir del centro.

De alguna manera el egoísmo tiene tanta fuerza, que como dice un amigo cura ya anciano, el ego muere 3 horas después de que morimos. Es un movimiento que busca autodestruírnos, por eso hay que pelear y romper con él.

El Papa Francisco y la cultura del encuentro

El Papa Francisco en la Evangelii Gaudium evoca 4 principios que puede ayudarnos para romper el egoísmo y meterlo dentro del espacio de la cultura del encuentro:

El tiempo es superior al espacio: a veces el encierro veine de una falta de perspectiva en el tiempo. El aquí y el ahora es tan determinante en su demanda que nos hace perder dimensiones espaciales porque nos falta tiempo y quedamos enclaustrados en nuestro propio mundillo. En torno a este principio se construyen las políticas de estado a partir de un diálogo plural y constructivo. Nos saca de intereses parciales para ir por el camino del bien superior. ¿Cómo conquistar al corazón atraído por sí mismo si no le mostramos algo mejor? En este sentido una perspectiva de mayor alcance nos puede ayudar a buscar más allá del mundito al que pertenecemos una salida hacia adelante.

La unidad prevalece sobre el conflicto: a veces el proceso de construcción de la cultura del compartir supone salir de las partes e ir por lo uno, lo que congrega y lo que nos hermana. El conflicto no puede ser ignorado. No hay que desdibujar las divisiones, pero si nos quedamos atrapados en las diferencias perdemos perspectiva y la realidad misma se desfigura y cada uno queda en su mundo. En el evangelio de hoy aparece esta realidad: hay gente dispersa, tienen hambre y los discípulos “que vaya cada uno a comprar”. Hay una realidad superadora de Jesús por sobre las partes. Todo se integra en su persona.

La realidad es más importante que la idea: es bueno para romper con nuestras ideas a veces tan reductivo en donde buscamos aseverar lo que me ocurre y lo que nos ocurre. La inteligencia nos ayuda a entender la realidad pero en parte, la realidad siempre es superadora. Esto nos ayuda a salir de mi propio mundo ideológico.

El todo es superior a la parte: siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos, pero siempre hay que hacerlo con realismo “¿qué es lo mejor aquí y ahora?” no idealmente sino ahora y con lo que tenemos. Es interesante porque el ir por lo mejor hoy me hace salir del esquema del que estoy para ir un pasito más allá. El que se sabe peregrino no está instalado, en cambio el que sí, permanece en su propio mundo ególatra.

escrito por Padre Javier Soteras 
(fuente: www.radiomaria.org.ar)

martes, 1 de diciembre de 2015

"Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre"

Martes de la primera semana de Adviento
(01/12/2015)

Libro de Isaías 11, 1-10. 

En aquel día, saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor -y lo inspirará el temor del Señor-. El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas. El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá; la vaca y la osa vivirán en companía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey. El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora, meterá la mano el niño apenas destetado. No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada.


Salmo 72(71), 2.7-8. 12-13.17.

Para que gobierne a tu pueblo con justicia
y a tus pobres con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia
y abunde la paz, mientras dure la luna;
que domine de un mar hasta el otro,
y desde el Río hasta los confines de la tierra.

Porque él librará al pobre que suplica
y al humilde que está desamparado.

Tendrá compasión del débil y del pobre,
y salvará la vida de los indigentes.

Que perdure su nombre para siempre
y su linaje permanezca como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y todas las naciones lo proclamen feliz.


del Evangelio según San Lucas 10, 21-24.

En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!".








COMENTARIO


21-22. Vio la adquisición de muchos (o la sumisión de muchos a la fe) por la operación del Espíritu que había dado a los santos apóstoles. Por eso dice que se alegró en el Espíritu Santo; esto es, en los efectos que provienen del Espíritu Santo. Como amante de los hombres, consideraba como motivo de alegría la conversión de los pecadores, y de ella da gracias; por lo que sigue: “Confieso delante de ti, Padre”.

He aquí -dicen aquellos cuyos corazones están pervertidos o que tienen instinto perverso- que el Hijo da gracias al Padre como menor. ¿Pero qué impide que el Hijo, siendo consustancial al Padre, alabe a su Progenitor, que ha salvado al mundo por su mediación? Y si crees, porque le da gracias, que el Hijo es menor, observa que le llama su Padre y Señor del cielo y de la tierra.

Después de haber dicho que el Padre le había dado todas las cosas, se eleva a su propia gloria y excelencia, demostrando que el Padre no lo supera en nada; por lo que añade: “Y ninguno conoce quién es el Hijo sino el Padre…” La capacidad de la criatura no puede comprender el modo de la sustancia divina, que supera a toda inteligencia, ni su hermosura, que está sobre toda concepción; pero la naturaleza divina conoce en sí misma lo que es. Y así el Padre, por lo que es, conoce al Hijo; y el Hijo, por lo que es, conoce al Padre, sin que intervenga diferencia alguna en cuanto a la naturaleza de la divinidad. Nosotros creemos que es Dios; mas lo que es en su naturaleza es incomprensible. Si, pues, el Hijo es creado, ¿cómo El sólo conocería al Padre?; o ¿cómo sólo lo conocería el Padre? Porque conocer la naturaleza divina es imposible a toda criatura; pero conocer la naturaleza de las cosas creadas, (cómo son) no excede los límites de la sana inteligencia, aun cuando supere a la nuestra (in Thesauro).

23-24. Se vuelve hacia ellos, porque rechazando a los judíos, sordos, que llevaban la ceguera en la inteligencia y no querían ver, se daba todo entero a los que le amaban. Y llama bienaventurados los ojos que ven lo que ellos veían antes que otros. Debe advertirse que ver no representa exclusivamente la acción de los ojos, sino también la recreación de la inteligencia en los beneficios recibidos; como cuando decimos: Este ha visto los buenos tiempos, esto es, se ha alegrado en los bienes de esta vida, según las palabras (Sal 127,5): “Veas los bienes de Jerusalén”. Muchos de los judíos vieron al Señor (con los ojos del cuerpo) hacer milagros y, sin embargo, no a todos convino la beatificación porque no todos creyeron ni vieron su gloria con los ojos del alma. Son, pues, beatificados nuestros ojos en que vemos, por medio de la fe, al divino Verbo hecho hombre por nosotros, imprimiéndonos la hermosura de su divinidad, para hacernos conformes a El por medio de la santificación y de la justicia.

escrito por San Cirilo 
(fuente: deiverbum.org)
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