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lunes, 14 de marzo de 2016

"Yo soy la luz del mundo"

Lunes de la quinta semana de Cuaresma
(14/03/2016)

Libro de Daniel 13, 1-9.15-17.19-30.33-62. 

Había en Babilonia un hombre llamado Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy bella y temerosa de Dios; sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés.
Joaquín era muy rico, tenía un jardín contiguo a su casa, y los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de todos. Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos, escogidos entre el pueblo, de aquellos de quienes dijo el Señor: «La iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y jueces que se hacían guías del pueblo.»
Venían éstos a menudo a casa de Joaquín, y todos los que tenían algún litigio se dirigían a ellos.
Cuando todo el mundo se había retirado ya, a mediodía, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido.
Los dos ancianos, que la veían entrar a pasear todos los días, empezaron a desearla.
Perdieron la cabeza dejando de mirar hacia el cielo y olvidando sus justos juicios.
Mientras estaban esperando la ocasión favorable, un día entró Susana en el jardín como los días precedentes, acompañada solamente de dos jóvenes doncellas, y como hacía calor quiso bañarse en el jardín.
No había allí nadie, excepto los dos ancianos que, escondidos, estaban al acecho.
Dijo ella a las doncellas: «Traedme aceite y perfume, y cerrad las puertas del jardín, para que pueda bañarme.»
En cuanto salieron las doncellas, los dos ancianos se levantaron, fueron corriendo donde ella, y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros.
Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven y que por eso habías despachado a tus doncellas.»
Susana gimió: «¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros.
Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor.»
Y Susana se puso a gritar a grandes voces. Los dos ancianos gritaron también contra ella, y uno de ellos corrió a abrir las puertas del jardín.
Al oír estos gritos en el jardín, los domésticos se precipitaron por la puerta lateral para ver qué ocurría, y cuando los ancianos contaron su historia, los criados se sintieron muy confundidos, porque jamás se había dicho una cosa semejante de Susana.
A la mañana siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, su marido, llegaron allá los dos ancianos, llenos de pensamientos inicuos contra Susana para hacerla morir.
Y dijeron en presencia del pueblo: «Mandad a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín.» Mandaron a buscarla, y ella compareció acompañada de sus padres, de sus hijos y de todos sus parientes.
Todos los suyos lloraban, y también todos los que la veían.
Los dos ancianos, levantándose en medio del pueblo, pusieron sus manos sobre su cabeza.
Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón tenía puesta su confianza en Dios.
Los ancianos dijeron: «Mientras nosotros nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos doncellas. Cerró las puertas y luego despachó a las doncellas.
Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver esta iniquidad, fuimos corriendo donde ellos.
Los sorprendimos juntos, pero a él no pudimos atraparle porque era más fuerte que nosotros, y abriendo la puerta se escapó.
Pero a ésta la agarramos y le preguntamos quién era aquel joven.
No quiso revelárnoslo. De todo esto nosotros somos testigos.» La asamblea les creyó como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y la condenaron a muerte.
Entonces Susana gritó fuertemente: «Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí.»
El Señor escuchó su voz y, cuando era llevada a la muerte, suscitó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, que se puso a gritar: «¡Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer!» Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: «¿Qué significa eso que has dicho?»
El, de pie en medio de ellos, respondió: «¿Tan necios sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin evidencia a una hija de Israel?
¡Volved al tribunal, porque es falso el testimonio que éstos han levantado contra ella!»
Todo el pueblo se apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a Daniel: «Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, ya que Dios te ha dado la dignidad de la ancianidad.»
Daniel les dijo entonces: «Separadlos lejos el uno del otro, y yo les interrogaré.»
Una vez separados, Daniel llamó a uno de ellos y le dijo: «Envejecido en la iniquidad, ahora han llegado al colmo los delitos de tu vida pasada, dictador de sentencias injustas, que condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, siendo así que el Señor dice: 'No matarás al inocente y al justo.' Con que, si la viste, dinos bajo qué árbol los viste juntos.» Respondió él: «Bajo una acacia.»
«En verdad - dijo Daniel - contra tu propia cabeza has mentido, pues ya el ángel de Dios ha recibido de él la sentencia y viene a partirte por el medio.»
Retirado éste, mandó traer al otro y le dijo: «¡Raza de Canaán, que no de Judá; la hermosura te ha descarriado y el deseo ha pervertido tu corazón!
Así tratabais a las hijas de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros. Pero una hija de Judá no ha podido soportar vuestra iniquidad.
Ahora pues, dime: ¿Bajo qué árbol los sorprendiste juntos?» El respondió: «Bajo una encina.»
En verdad, dijo Daniel, tú también has mentido contra tu propia cabeza: ya está el ángel del Señor esperando, espada en mano, para partirte por el medio, a fin de acabar con vosotros.» Entonces la asamblea entera clamó a grandes voces, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él.
Luego se levantaron contra los dos ancianos, a quienes, por su propia boca, había convencido Daniel de falso testimonio y, para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron la misma pena que ellos habían querido infligir a su prójimo: les dieron muerte, y aquel día se salvó una sangre inocente.


Salmo 23(22), 1-3a.3b-4.5.6.

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.

El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero.

Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo.


del Evangelio según San Juan 8, 12-20.

Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida". Los fariseos le dijeron: "Tú das testimonio de ti mismo: tu testimonio no vale". Jesús les respondió: "Aunque yo doy testimonio de mí, mi testimonio vale porque sé de dónde vine y a dónde voy; pero ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy. Ustedes juzgan según la carne; yo no juzgo a nadie, y si lo hago, mi juicio vale porque no soy yo solo el que juzga, sino yo y el Padre que me envió. En la Ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo doy testimonio de mí mismo, y también el Padre que me envió da testimonio de mí". Ellos le preguntaron: "¿Dónde está tu Padre?". Jesús respondió: "Ustedes no me conocen ni a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre". El pronunció estas palabras en la sala del Tesoro, cuando enseñaba en el Templo. Y nadie lo detuvo, porque aún no había llegado su hora.












REFLEXIÓN

1. "YO SOY LA LUZ DEL MUNDO; EL QUE ME SIGUE NO CAM INA EN TINIEBLAS, SINO QUE TENDRÁ LA LUZ DE LA VIDA.

Este discurso es situado expresamente por el evangelista al fin del pasaje, “en el templo” junto al arca de las ofrendas, (“en el gazofilacio”). La sala propiamente del tesoro no era accesible al público. Estaba situada en el “atrio de las mujeres.” Este discurso debe de ser pronunciado en la fiesta de los Tabernáculos o en días muy próximos a ella, como se ve por la alusión a la luz.

Jesús dijo: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Esta palabra de Jesús está armonizada y presentada al estilo de otras sentencias del mismo como: “Yo soy el pan de la vida.” (Juan (SBJ) 6,35) o En verdad, en verdad os digo: “Yo soy la puerta” (Juan (SBJ) 10,7). Y la misma se encuentra pronunciada por Jesús en otra ocasión “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.” (Juan (SBJ) 9,5) Consta por la Mishna que en la primera noche y en la octava de la fiesta de los Tabernáculos ardían en el “atrio de las mujeres” cuatro enormes candelabros de oro, de 50 codos de altura (más de 25 metros ), sobresaliendo unos 13 sobre los muros del recinto, cargados de innumerables luces, y a cuyo resplandor los hombres y los miembros más destacados bailaban, los primeros llevando en sus manos teas encendidas, mientras los levitas tocaban instrumentos músicos y cantaban salmos. Estos cuatro candelabros de oro se encendían para conmemorar la columna de fuego y la nube en las que “Yahvé iba delante de ellos para alumbrarles, y para que así pudiesen marchar lo mismo de día que de noche” (Ex 13:21.22) 18. También vinieron a significar la luz de la presencia divina y la luz de la Ley.
(Comentario Biblia Nácar - Colunga)

Es muy probable que esta imagen, con la que Jesús se proclamó “la Luz del mundo,” esté evocada aquí por estas luminarias de la fiesta de los Tabernáculos, como se prueba por el rito del agua de esta misma festividad el que Jesús diga: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (7:37).

Al utilizarla así Jesús, evocaba dos cosas: a) que era a su “luz” a la que debían gozarse y vivir; b) y siendo aquellas luminarias evocación de la columna de fuego y nube en la que Yahvé marchaba ante ellos, para conducirlos por el desierto (Ex 13:2 1.22); y siendo símbolo de la presencia de Yahvé, Jesús, al legislar en la zona moral y religiosa de los hombres, venía a identificar ahora la luz providente de Yahvé con la suya propia. Era un modo de evocar, conforme a procedimientos semitas y bíblicos conocidos de “alusión” y “traslación”, su divinidad.

La luz es además símbolo de la salud mesiánica (Is 9:1). El mismo Mesías era llamado Luz. Al “Siervo de Yahvé” Dios le puso “como Luz de las naciones” (Is 49:6; 60:1). El anciano Simeón llama a Jesús “Luz para revelación de las gentes” (Lc 2:32). Asimismo lo llaman los escritos rabínicos: “El nombre del Mesías es Luz.” Y en Qumrán aparece la expresión “luz de vida” por camino de salvación (1 Qs 3:7).

De aquí que el que sigue a Jesús y hacerse su discípulo no está en tinieblas, que es moralmente muerte, sino que le es “luz de vida,” es decir, esa “vida (que) estaba” en el Verbo, y que se hace luz para que los hombres tengan con ella la verdadera vida: “En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Juan (SBJ) 1,4)

2. AUNQUE YO DOY TESTIMONIO DE MÍ MISMO, MI TESTIMONIO ES VÁLIDO

Los fariseos presentes comprenden de sobra el plan rector que Jesús se arroga y la presentación que hace de sí mismo como Hijo de Dios. Y a su presentación como tal, le arguyen en la línea leguleya.

El dice que es así; pero el testimonio propio no vale, según la Ley. En la Mishna se lee: “No se puede creer a uno que testifique sobre sí mismo”. Pero la respuesta de Jesús a este propósito es doble: (Comentario Biblia Nácar - Colunga)

Su testimonio es válido. En otra ocasión admite esta posición: “Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. (Juan (SBJ) 5,31). Pero después que la luz de su revelación ha crecido y se ha manifestado, no la admite. Debe reconocérsele su valor. Si un profeta estaba seguro de que Dios le hablaba y manifestaba las comunicaciones que hacía, ¡cuánto más Jesús! El sabe que “bajó” del cielo y que a él va. Su caso no se puede juzgar como los otros casos. Por eso, su testimonio es válido; es el único válido. Pues sólo El se conoce.

En cambio, ellos le juzgan “según la carne,” según las apariencias externas, considerándolo un simple hombre. No veían en el ser humano el resplandor de la divinidad. Por ello, El solo puede testimoniar quién sea. Jesús aparece con una conciencia clara de quién es.

3. YO NO JUZGO A NADIE; Y, SI JUZGO YO, MI JUICIO ES LEGÍTIMO

Y, en contraposición a ellos, El “no juzga a nadie.” La palabra “juzgar” tiene frecuentemente, conforme al uso semita, el sentido de condenar (Jn 3:17). El significado de esta afirmación pudiera ser doble: una frase elíptica: “no juzga a nadie” al modo humano, “según la carne”; o que El no ejerce todavía su función condenatoria de juez de los hombres. En otros pasajes de Juan no sólo se afirma lo mismo, sino que se da la razón de por qué no “juzga” con juicio “condenatorio” ahora a los hombres: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.” (Juan (SBJ) 3,17).

Probablemente, el segundo sentido es aquí el más creíble y el que se vincula mejor con el haberse insertado el episodio de la mujer adúltera, que termina con estas palabras de Jesús: “Ni yo te condeno tampoco” (Juan (SBJ) 8, 11).

El testimonio del Padre a favor de Jesús. (Puesto que antes le objetaron ateniéndose a lo legal para negarle valor a su testimonio, ahora alega la Ley, que da validez al testimonio de dos (Dt 17:6; 19:15; Núm 35:30). Al suyo propio añade también el que le da su Padre: de quien vosotros decís: "El es nuestro Dios", (Juan (SBJ) 8,54).

¿Cómo el Padre “da testimonio” de Jesús? Aquí no lo consigna el evangelio. Pero en otros pasajes del mismo evangelio se dice: “Por las obras que le da a hacer, Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis.” (Juan (SBJ) 5,54). Los milagros, que son “signos” de su misión.

4. NI ME CONOCÉIS A MÍ NI A MI PADRE; SI ME CONOCIERAIS A MÍ, CONOCERÍAIS TAMBIÉN A MI PADRE."

Los fariseos le preguntan, burlescamente, dónde está su Padre. Naturalmente no se refieren a San José, su padre “legal,” sino al que El constantemente les está alegando ser su padre celestial, y precisamente matizándose aquí que es el que “vosotros decís que es vuestro Dios” (Jn 8:54). La burla la plantean en el terreno leguleyo. ¿Dónde está su Padre? Que venga y que testifique. Ya que para ellos son la materialidad de las personas las que cuentan y no otras formas testificales. Era decirle que su argumento estaba al margen de la Ley y remitido a una zona no jurídica.

La respuesta de Jesús es profunda y contundente. No conocen al Padre, precisamente porque por su obstinación no lo quieren conocer a El como el Enviado y el Hijo de Dios.

“¿No crees (le dice a Felipe, que le decía que le mostrase al Padre) que Yo estoy con el Padre y el Padre en mí?” (Jn 14:9.10). Probablemente este tema se vincula por “encadenamiento semita” con el anterior. “El Padre, que mora en mí, hace sus obras”: enseñanzas y milagros (Jn 14:10.11).

La síntesis del relato no dice todo lo que pasó; pero se adivina. Debieron de querer prenderle, como en otras ocasiones, por hacerse así igual a Dios (Jn 10:29 - 39). Pero “nadie puso en El las manos, porque aún no había llegado su hora,” de muerte y glorificación. La providencia de Dios está en juego, mas esto no excluye la cooperación de Jesús, como en otras ocasiones en que, queriendo prenderlo, “se deslizó de entre sus manos” (Jn 10:39).

El Señor les Bendiga

escrito por Pedro Sergio Antonio Donoso Brant
(fuente: www.homiletica.org)

domingo, 13 de marzo de 2016

"El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra"

domingo de la quinta semana de Cuaresma
(13/03/2016)

Libro de Isaías 43, 16-21. 

Así habla el Señor, el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas; el que hizo salir carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una mecha. No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa. Me glorificarán las fieras salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido, el Pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza.


Salmo 126(125), 1-2ab.2cd-3.4-5.6.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.

Hasta los mismos paganos decían:
“¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!

¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.

El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas.


Carta de San Pablo a los Filipenses 3, 8-14.

Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo. y estar unido a él, no con mi propia justicia -la que procede de la Ley- sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos. Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús.


del Evangelio según San Juan 8, 1-11.

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?". Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra". E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?". Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".


















REFLEXIÓN

1. Y ¿en dónde debía predicar Jesús sino en el monte de los Olivos, en el monte del ungüento, monte del crisma? El nombre Cristo quiere decir crisma; y crisma en griego quiere decir unción. Y en verdad que nos ungió, porque nos puso en condiciones de pelear contra el diablo.

2-6a. Habían conocido que el Salvador era enormemente bondadoso, porque de El estaba escrito: “Pasa y reina por medio de la verdad, de la mansedumbre y de la justicia” (Sal 44,5). Trajo por lo tanto la verdad como Doctor, la mansedumbre como Libertador y la justicia como Conocedor. Cuando hablaba, era conocida la verdad, como no se irritaba contra los enemigos, era alabada su mansedumbre. Por ello tentaron su justicia, poniendo a su vista un escándalo. Dijeron para sí: “si juzga que debe dejársela estar, no tiene justicia”. La Ley no podía mandar lo que no era justo y por esto invocan la Ley, diciendo: “Moisés nos mandó en la Ley apedrear estas tales”. Pero como no debía abandonar la mansedumbre, por medio de la que ya se había hecho amar de las gentes, habrá de decir, que debe dejársela estar. Por esto exigen su determinación, diciendo: “Tú, pues, ¿qué dices?”. Se proponían con esto encontrar ocasión de poderlo acusar, haciéndole aparecer como infractor de la Ley. Por esto añade el Evangelista: “Y esto lo decían tentándole, para poderle acusar”. Pero el Señor obrará en justicia al contestar, y no abandonará su mansedumbre (in Ioannem, tract. 33).

6b-7. “Mas Jesús, inclinado hacia abajo, escribía con el dedo en la tierra”.
Para manifestar que aquéllos[1] únicamente debían escribirse en la tierra, y no en el cielo, donde había dicho que sus discípulos se alegrarán de haber sido inscritos. También puede decirse que, humillándose (como lo demostraba en la inclinación de su cabeza), hacía señales en la tierra; o que ya era tiempo de que su Ley se escribiese en la tierra y fructificase (y no en piedra estéril, como antes).
No dijo no sea apedreada, para que no pareciese que hablaba contra la Ley. Tampoco dijo sea apedreada, porque había venido, no a perder lo que había encontrado, sino a buscar lo que se había perdido. ¿Pues qué responderá? “El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero”. Esta es la voz de la justicia. Sea castigada la pecadora, pero no por los pecadores. Cúmplase la Ley, pero no por medio de los mismos que la quebrantan.

8. Y habiéndoles herido con los rayos de la justicia, ni se dignó de verlos caer, sino que separó de ellos su mirada. Por esto sigue: “E inclinándose de nuevo, continuaba escribiendo en la tierra”.

9a. Así pues, aquéllos, heridos por la voz de la justicia como por una flecha, y encontrándose culpables, uno tras otro se retiraron todos. Y esto es lo que dice en seguida: “Ellos, cuando esto oyeron, se salieron los unos en pos de los otros, y los ancianos primeros”.

9b-11. Unicamente quedaron dos, la miseria y la misericordia, pues sigue: “Y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en pie, en medio”. Yo creo que aquella mujer se quedó aterrada, porque esperaba ser castigada por Aquél en quien no se podía encontrar culpa alguna. Mas Aquél que había rechazado a sus adversarios con la lengua de la justicia, levantando hacia ella sus ojos de mansedumbre, le preguntó: “Y enderezándose Jesús, le dijo: mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?” Dijo ella: ninguno, Señor”. Hemos oído antes la voz de la justicia; oigamos ahora la voz de la mansedumbre: “Y Jesús, ni yo tampoco te condenaré”[2]. Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: “Vete, y no peques ya más”. Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al hombre. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: “vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho”. Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez (Sal 24,8).

Notas

[1] Se refiere aquí a los nombres de los fariseos y maestros de la Ley que le habían planteado el caso de la mujer adúltera para ponerlo a prueba.
[2] Se trata de la respuesta del Señor: “Ni yo tampoco te condenaré”.

escrito por San Agustín
in Ioannem, tract. 33 y de cons. Evang. 4, 10
(fuente: deiverbum.org)

sábado, 12 de marzo de 2016

"Nadie habló jamás como este hombre"

Sábado de la cuarta semana de Cuaresma
(12/03/2016)

Libro de Jeremías 11, 18-20. 

El Señor de los ejércitos me lo ha hecho saber y yo lo sé. Entonces tú me has hecho ver sus acciones. Y yo era como un manso cordero, llevado al matadero, sin saber que ellos urdían contra mí sus maquinaciones: "¡Destruyamos el árbol mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y que nadie se acuerde más de su nombre!". Señor de los ejércitos, que juzgas con justicia, que sondeas las entrañas y los corazones, ¡que yo vea tu venganza contra ellos, porque a ti he confiado mi causa!


Salmo 7, 2-3.9bc-10.11-12.

Señor, Dios mío, en ti me refugio:
sálvame de todos los que me persiguen;
líbrame, para que nadie pueda atraparme
como un león, que destroza sin remedio.

Júzgame, Señor, conforme a mi justicia
y de acuerdo con mi integridad.
¡Que se acabe la maldad de los impíos!
Tú que sondeas las mentes y los corazones,
tú que eres un Dios justo, apoya al inocente.

Mi escudo es el Dios Altísimo,
que salva a los rectos de corazón.
Dios es un Juez justo
y puede irritarse en cualquier momento.


del Evangelio según San Juan 7, 40-53.

Algunos de la multitud que lo habían oído, opinaban: "Este es verdaderamente el Profeta". Otros decían: "Este es el Mesías". Pero otros preguntaban: "¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?". Y por causa de él, se produjo una división entre la gente. Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él. Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: "¿Por qué no lo trajeron?". Ellos respondieron: "Nadie habló jamás como este hombre". Los fariseos respondieron: "¿También ustedes se dejaron engañar? ¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él? En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita". Nicodemo, uno de ellos, que había ido antes a ver a Jesús, les dijo: "¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?". Le respondieron: "¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta". Y cada uno regresó a su casa.










REFLEXIÓN

Oración introductoria:

Señor, este es uno de los momentos más importantes de mi día. Libremente quiero abrir mi mente, mi corazón y mi voluntad a ti para agradarte. Dame la gracia para cumplir tu querer sobre mí. Esto es lo único que necesito.

Petición:

Señor, dame tu gracia para creer más en ti cada día.

Meditación:

El Evangelio nos dice que los hombres se admiraban de las palabras de Jesús, pero pocos le conocían realmente. Es que a Jesucristo sólo se le alcanza con el “salto” de la fe. La fe es la puerta que nos hace entrar en la amistad con Cristo. Creer en Jesús es maravilloso. La vida cambia cuando se le tiene como Salvador y Amigo. Esta fe en Él, no es un pensamiento, una idea, o una opinión que nos hacemos de Jesucristo. La fe es amistad con Él. La fe, si es verdadera, se hace vida. Nicodemo, a pesar de la oposición que encontró en los demás y del ambiente en su contra, no dejó tambalear su fe. De la dificultad, su fe salió más templada, más robusta, porque no se nutrió de palabras o de ideas humanas, sino del encuentro con Jesús mismo. Que de nuestra fe, surja el deseo de hacer partícipes a los demás de la felicidad de seguir a Jesús.

Reflexión apostólica:

Con frecuencia, nos excusamos por la falta de tiempo para participar en las actividades o para colaborar en las obras de apostolado. Si nuestra fe es verdadera, encontraremos siempre el tiempo para trabajar por Cristo, para sacrificar un gusto personal o un legítimo descanso. La fe se hace vida cuando se está dispuesto a entregar lo que uno es y lo que tiene para el bien del Reino de Cristo. Concretemos cómo vamos a trabajar esta Semana Santa por Cristo y por la Iglesia.

Propósito: Participar en las misiones de evangelización durante la próxima Semana Santa para fortalecer mi fe y transmitirla a los demás.

Diálogo con Cristo:

Jesús, ayúdame a ser coherente con mi fe, que los propósitos de mi oración se conviertan en acciones. Sé que no será fácil, pero confío en tu gracia y en tu ayuda para transformarme más en ti.

(fuente: regnumchristi.org)

viernes, 11 de marzo de 2016

todavía no había llegado su hora...

Viernes de la cuarta semana de Cuaresma
(11/03/2016)

Libro de la Sabiduría 2, 1a.12-22. 

Los impíos se dicen entre sí, razonando equivocadamente: «Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. El se gloría de poseer el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor. Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola presencia nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes. Nos considera como algo viciado y se aparta de nuestros caminos como de las inmundicias. El proclama dichosa la suerte final de los justos y se jacta de tener por padre a Dios. Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final. Porque si el justo es hijo de Dios, él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos. Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará.» Así razonan ellos, pero se equivocan, porque su malicia los ha enceguecido. No conocen los secretos de Dios, no esperan retribución por la santidad, ni valoran la recompensa de las almas puras.


Salmo 34(33), 17-18.19-20.21.23.

El Señor rechaza a los que hacen el mal
para borrar su recuerdo de la tierra.
Cuando ellos claman, el Señor los escucha
y los libra de todas sus angustias.

El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos.
El justo padece muchos males,
pero el Señor lo libra de ellos.

El cuida todos sus huesos,
no se quebrará ni uno solo.
Pero el Señor rescata a sus servidores,
y los que se refugian en El no serán castigados.


del Evangelio según San Juan 7, 1-2.10.25-30.

Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Chozas, Sin embargo, cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver. Algunos de Jerusalén decían: "¿No es este aquel a quien querían matar? ¡Y miren cómo habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde es este; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es". Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó: "¿Así que ustedes me conocen y saben de dónde soy? Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen. Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él el que me envió". Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora.










REFLEXIÓN

1. ¿Quién es Jesús para mí?

El Evangelio de Juan ubica el drama mesiánico en el interior de la historia del pueblo de Dios. En particular, une la vida de Jesús con las grandes celebraciones hebreas, que tenían como objetivo mantener viva la memoria de las obras de Dios para con el pueblo elegido.

Como siempre, en Juan los pequeños detalles adquieren un valor simbólico que esconden y revelan algo que está por detrás de lo que se está diciendo: ¿por qué aparece el complot de Jesús pocos días antes de la fiestas de Las Tiendas? En esta fiesta se agradecía a Dios las cosechas y se recordaban los cuarenta años pasados en el desierto; se construían chozas con ramas -también en Jerusalén- a las que se iba a meditar. Simbólicamente hablando, era un retiro en el desierto. Y la controversia que relata Juan se sitúa justamente en la víspera de esta festividad propicia para la reflexión. Es como si Jesús, en este contexto, hiciese un último esfuerzo por invitar a los adversarios a reflexionar sobre su persona y sobre sus obras. Sabemos que el resultado fue negativo: buscaban la forma para detenerlo…

Es la voluntad del Padre el que lo mueve a Jesús a ir a Jerusalén en medio de los peligros. A Él lo mueve el querer del Padre y no las circunstancias. “Ustedes no me conocen” dice Jesús en el evangelio de hoy.

¿No podríamos nosotros, siguiendo la sugerencia de la liturgia de hoy, hacer este alto en nuestro camino? Tomarnos un tiempo para releer, meditar este texto inagotable, para preguntarnos interiormente sobre la persona de Jesús? Para mí, ¿quién es Jesús? Tal vez me suceda como a los discípulos, que fueron seducidos por Jesús… El tiempo les va a revelar que han seguido a Aquél que ha venido a poner las cosas en orden, haciéndose uno de nosotros desde el servicio y desde la caridad.

Si Jesús es el centro de tu vida, el gran amor de tu vida, date un tiempo para que se asiente en tu interior, para agradecerle el cambio que ha producido en tu corazón, para reposar en Él por la paz que te trajo en medio de la tormenta; para gozarte en Él. Si Jesús es la fuerza que te redime y te salva, que te pone de pie y que cada mañana te invita a levantar la mirada porque, a pesar de todo, siempre hay algo nuevo que está queriendo nacer y renacer, en Jesús poné tu esperanza.

2. ¿Qué es la hora de Jesús? ¿Cuál es nuestra hora?

La Revelación del misterio de Jesús ocurre en un momento determinado: es su hora. Por eso, cuando nosotros decimos quién es Jesús, estamos hablando de ese momento en el que se cruzó su tiempo con el nuestro. Bendito el reloj, que nos puso puntual ahí para el encuentro.

El Evangelio dice que Jesús no fue capturado porque todavía no había llegado su hora. El tema de la hora es un tema central en el Evangelio de Juan: la hora de Cristo como el momento de la Revelación es el momento de la Redención en el que va a librarnos de todos nuestros pecados.

Cuando María le avisa a Jesús, en las bodas de Caná, que los novios se habían quedado sin vino, en la respuesta de Jesús el tema de la hora fue claro: mi hora no ha llegado todavía. La hora tiene que ver con el kairós, la manifestación del Dios vivo que irrumpe en nuestra vida plenificando.

Hay una hora para cada uno de nosotros. Eso se ve reflejado en el Papa Francisco… “antes no era tan así” dicen por ahí. Llegó su hora, ésta es su hora de plenitud. En la vida de cada uno de nosotros, la manifestación de plenitud (la felicidad) será cuando todo se concentre en un momento en donde podemos decir “para ésto he venido”.

La hora de Cristo es una hora que no es suya, no está impuesta por Él, sino que ha sido propuesta por el Padre. Mientras no llegue ese momento, Jesús va a permanecer libre de sus enemigos. Pero cuando sea la hora, va a ser entregado a sus enemigos, aceptando que sea así con plena libertad de corazón. Esto a veces puede parecernos como un determinismo, como una falta de libertad, cuando en realidad es sumergirnos en la orientación de nuestra libertad, al adherirnos totalmente a Dios y su voluntad. En el caso de Cristo, el hecho de tener que obedecer a Dios va a significar en ese momento concreto, escaparse de sus enemigos -y no por cobardía ante la amenaza- simplemente porque todavía no había llegado su hora. Sin embargo, cuando ésta le llega, Jesús es entregado y Jesús se entrega. Cuando los soldados van al encuentro de Jesús en el Huerto, el Evangelio dice: ésta es su hora, y la del príncipe de las tinieblas. Y Jesús se entrega a esa hora, no para adherir a las sombras ni para someterse al poder, sino para enfrentarlo, desde el lugar donde las sombras son disipadas y el poder es vencido.

Es el amor de Jesús el que enfrenta la hora determinada. Es también una disposición interior que nosotros debemos empezar a tomar, para aceptar la llegada de la hora de Dios sobre nuestra vida, el momento puntual en que somos puestos en situaciones no deseadas, pero que así son y que solamente pueden ser cambiadas por una resignificación de contenido y de sentido cuando el amor es el que prima. Es decir, aceptando la voluntad y el designio de Dios en nuestra vida. Por eso requiere en nosotros una capacidad de purificación de nuestra voluntad; nuestra capacidad de hacer de nuestra voluntad un instrumento dócil, para que Dios nuestro Señor pueda obrar allí.

Cuando hemos pasado por estos momentos donde Dios puntualmente nos hizo atravesar situaciones no esperadas ni deseadas, y las pudimos afrontar con una grandeza de alma, movidos por una fuerza que nos sostuvo en el medio de la tormenta, de la lucha, enfrentando los infiernos más terribles… al salir de esos lugares descubrimos que nuestra hora había tenido un sentido de revelación y de significación, de un contenido nuevo de nuestra propia existencia.

Cuando nosotros decimos Jesús es para mí…, seguramente lo decimos desde la experiencia de revelación que supuso aceptar la voluntad de Dios bajo signos muchas veces dolorosos, no deseados ni queridos. ¿Cuál ha sido tu hora, cómo la enfrentaste y cómo pudiste estar de pie frente a tu cruz, y cuánta revelación Dios te puso en ese momento en que dijiste amén a su querer?

3.La purificación de nuestra voluntad a la espera de que se haga la voluntad de Dios

El camino de purificación de nuestra interioridad y de nuestra libertad supone un camino constante de búsqueda de hacer libremente la voluntad de Dios y de abrazarnos a Dios, para saber esperar en Dios. Aunque pueda parecer que alrededor están las cosas muy difíciles, muy tristes, muy complicadas, que hay mucha oscuridad y tribulaciones… de todo ello el Señor nos libra.

Hay muchas veces en la vida que no vemos hacia arriba, no sabemos ni a dónde vamos ni cómo podemos hacer para seguir yendo… sin embargo, sabemos que sólo quién se abraza a Dios puede alcanzar lo que busca y lo que espera. El Señor no está lejos de nosotros, está muy cerca. Por lo tanto, la Palabra en este tiempo nos invita a levantar la mirada.

La fidelidad es obra de nuestra voluntad purificada, puesta totalmente en las manos de Dios. Que en este camino de cuaresma podamos aprender a descubrir esta voluntad que se limpia y fortalezca, cada uno en su propia circunstancia.

La purificación de la voluntad supone un constante llamarse a sí mismo al orden, para ver si en todo momento estamos viviendo según la hora de Dios, o lo estamos haciendo según nuestra propia autodeterminación.

Entre la autodeterminación omnipotente, liberada de toda relación que trasciende; y la libertad puesta en las manos de Dios que decide sobre nosotros según designios que se nos escapan y que Él con su inteligencia y su sabiduría nos guían: ahí está el juego de la decisión de vivir en mayor o menor libertad. Para eso la voluntad viene a ser purgada, purificada, fortalecida. ¿Dónde? En la hora de Jesús

(fuente: radiomaria.org.ar)

jueves, 10 de marzo de 2016

El testimonio de Jesús abre caminos

Jueves de la cuarta semana de Cuaresma
(10/03/2016)

Libro del Exodo 32, 7-14. 

El Señor dijo a Moisés: "Baja en seguida, porque tu pueblo, ese que hiciste salir de Egipto, se ha pervertido. Ellos se han apartado rápidamente del camino que yo les había señalado, y se han fabricado un ternero de metal fundido. Después se postraron delante de él, le ofrecieron sacrificios y exclamaron: "Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto". Luego le siguió diciendo: "Ya veo que este es un pueblo obstinado. Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación". Pero Moisés trató de aplacar al Señor con estas palabras: "¿Por qué, Señor, arderá tu ira contra tu pueblo, ese pueblo que tú mismo hiciste salir de Egipto con gran firmeza y mano poderosa? ¿Por qué tendrán que decir los egipcios: "El los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?". Deja de lado tu indignación y arrepiéntete del mal que quieres infligir a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: "Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia". Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo.


Salmo 106(105), 19-20.21-22.23.

En Horeb se fabricaron un ternero,
adoraron una estatua de metal fundido:
así cambiaron su Gloria
por la imagen de un toro que come pasto.

Olvidaron a Dios, que los había salvado
y había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en la tierra de Cam
y portentos junto al Mar Rojo.

El Señor amenazó con destruirlos,
pero Moisés, su elegido,
se mantuvo firme en la brecha
para aplacar su enojo destructor.


del Evangelio según San Juan 5, 31-47.

Jesús dijo a los judíos: Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría. Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero. Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes. Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió. Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí, y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida. Mi gloria no viene de los hombres. Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes. He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir. ¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios? No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza. Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí. Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?".






REFLEXIÓN

El sentido de defensa del testimoniar, en el evangelio de Juan:

Los judíos trataron de matar a Jesús, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. Como dice Juan 5,18. Este es el centro de la discusión que viene a continuación. La legitimidad del testimonio de Jesús.

Juan lo ubica en este lugar, porque Jesús está siendo acusado. Y el testimonio, en el A. T. y en el tiempo de Jesús dado por dos personas es suficiente, para la defensa de una acusación.

El cuarto evangelio utiliza el verbo testimoniar, en griego “martirien” 33 veces, y el sustantivo “martiria” 15 veces. Es una típica palabra joánica, usada en un contexto de acusación, judicial. Muchas veces aparece Jesús en esta circunstancia y apela Él al testimonio del Padre, Jn 5, 37; al de Juan el Bautista, profeta, Jn 5, 33; al de las obras que Él realiza, Jn 5, 36; y a la de las Escrituras, que hablan de Él, Jn 5, 39.

Cuatro veces con una contundencia total Jesús sale a la acusación a enfrentarla. A defender la verdad, más que a defenderse. Porque Él en todo caso va a elegir ir a la muerte, porque esta es la voluntad del Padre. Lo que Jesús defiende es la veracidad de su anuncio, de su Buena Noticia.

La acción testimonial está encaminada a mostrar quién es Jesús. Y por qué se hace llamar a sí mismo igual a Dios. Este es el sentido del testimonio.

La revelación de Jesús, en su hablar es un testimonio. Porque el mundo ha iniciado un juicio contra Jesús, y ha utilizado a los judíos como instrumento. Todo el que habla a favor de Jesús es un testimonio. Hablan a favor de Jesús Juan el Bautista, el Padre, las obras que Jesús hace y las Escrituras.

La no aceptación de estos testimonios convierte el mismo testimonio de Jesús en una prueba contra el mundo. Podríamos decir contra la falsedad y las malas obras, que quedan al descubierto ante la luz que Jesús trae. Y en este sentido, el testimonio está muy cerca del hecho del juicio.

El “martirein” está muy cerca del “crineain” que es juzgar. El testimonio lleva adelante un juicio del mundo, dice Jesús en Jn 9, 39. “Mi testimonio pone al descubierto esa voracidad que hay en el corazón de ustedes.”

La comunidad de Juan es un paradigma de aceptar y creer el testimonio de Jesús. Y de habitar en sus palabras. En contraste a los judíos, que son como el símbolo del rechazo.

Nosotros somos invitados también a darle la bienvenida a Jesús y a su Palabra. A Jesús y su obra en nosotros. A Jesús, el amor del Padre que nos revela a Jesús. Abramos el corazón para recibirlo al Señor y dejemos que desaparezca nuestra incredulidad.

Recibimos el testimonio de Jesús, de hermanos particularmente, que nos hablan con su vida del Señor, más por las obras que por las palabras. Esa contundencia que tiene la coherencia de vida. Esa monolítica forma de instalarse en medio de nosotros que tiene el vivir como se piensa, y el actuar según lo que se cree. Eso que convence. Que vence en el territorio donde el otro resiste.

Te invito a que nos puedas compartir los testigos que fueron contundentes en tu vida. Las personas que te mostraron en tu vida un costado creíble del vivir, por su bondad, por su misericordia, por su fidelidad, por su laboriosidad, por su veracidad, por su sencillez, por su entrega, por su coherencia. Tantos valores, que distintas personas encarnan en su propia vida y son un testimonio para nosotros, de la Presencia del Evangelio vivo en medio de nosotros.

Algunos de ellos, ni creyentes son. ¿Por qué? Porque la semilla del Verbo permanecen más allá de los límites de la misma Iglesia. El Reino está presente en el corazón de la humanidad, y muchos hermanos, aún sin saberlo son testigos de esa Presencia misteriosa de Jesús, con valores que encarnan en su propia vida.

El testimonio de amor de Jesús transgrede las seguridades:

En el evangelio de hoy la palabra testimonio aparece 10 veces. De los 16 versículos que hemos compartido en 10 de ellos aparece testimonio.

Los testimonios que acreditan a Jesús son: las obras, sus milagros; Juan el Bautista, que lo presenta como Mesías, como Salvador; las palabras que están en la Escritura que se refieren a Él; y el Padre, que en las obras acerca del Hijo.

El pueblo con su interpretación literal de la ley se hace esclavo de esta. Y quienes detentan el poder, en tiempos de Jesús, usan la ley como modo de coacción. Atarse a las antiguas seguridades se vuelve uno incapaz de reconocer que también de Dios nos puede venir lo nuevo.

Así como los antepasados soñaban con la liberación de Egipto, y se fabricaban ídolos, que los apartaban del Dios de sus padres. Creyendo que con eso sus pasos hacia la libertad se harían más ciertos y seguros. Así también los contemporáneos de Jesús hacían sus propias tradiciones. Que les daban cierta autoridad, ante la desconfianza que les merecía el proyecto de Jesús.

Desconcertantes las palabras que dirige Jesús a sus adversarios “no soy yo quien los acusa ante el Padre, Moisés, en todo caso es el que los acusa”. Porque esto que hacen ellos, de atarse a las tradiciones ya lo habían hecho los antepasados y Moisés había sido muy claro, respecto de cómo no había que atarse a las seguridades, ni a los ídolos, ni a fabricarse tampoco nuevas leyes. Más que las que Dios daba para el camino.

Jesús viene como a romper una cosmovisión reductiva de la interpretación de la realidad. Que tienen los que detentan el poder, y que la han instalado en el corazón del pueblo. Se ha generado como una mirada miope fundada en el rigor de la ley, en términos literales. Esa ruptura que hace Jesús la genera el amor del Padre en Él, que se hace testimonio visible, a los ojos de todos. Dirá Jesús en otro pasaje del evangelio, “si no creen en lo que digo, crean al menos en las obras que hago”.

Jesús es un transgresor desde el amor. El amor es el que rompe este cerrojo de legalidad, de legalismo con el que los escribas y fariseos han presionado la Palabra de Dios.

El testimonio de Jesús es contundente, y va más allá. Trasciende las fronteras de la literalidad. Y se abre camino al sentido genuino de la Verdad revelada en la misma ley. “pero a ustedes se les dijo, pero yo les digo, Jesús es más”. Y este ser más es el que rompe con lo pautado, lo dado, lo hasta aquí comprendido.

Muchas veces nos ocurre en la vida, que o porque necesitamos para encontrar seguridad autorregularnos en nuestro comportamiento, o porque la etapa de la vida nos pone en un estadio x de crecimiento. Es que frente a una u otra realidad nos sentimos invitados a dar un paso más. A romper las cadenas con las que nos hemos auto limitado, o a dar un paso más allá en el proceso de madurez y crecimiento en el estadio, o en la etapa de crecimiento en el que estamos.

Sólo el amor nos puede hacer capaces de transgredir el límite. Sólo cuando el amor es el que nos hace transgredir el límite somos contenidos más allá de los límites transgredidos. Cuando no es así se transforma en una temeridad nuestro modo de comportarnos. Que es muchas veces lo que ocurre en la sociedad contemporánea, tan difícil de reconocer su propia limitación, a partir de una conciencia de un poder que no tiene en realidad.

Eso que a veces ocurre, en la sociedad contemporánea de la cual somos hijos, este querer autodeterminarnos por nosotros mismos, con un sentido de omnipotencia que nos pone muy lejos de reconocernos como criaturas, y por lo tanto, pendientes y dependientes de Dios.

Cuando obramos así no hay contención, no hay forma de sostener nuestro modo de comportarnos. ¿Por qué? Porque estamos transgrediendo sin sentido.

La transgresión de Jesús es una transgresión con sentido. El sentido que da el amor. El que pone las cosas en su lugar, el que verdaderamente ordena. Y no desde afuera. Sino desde adentro. El comportamiento humano cuando es genuino, regula el amor desde adentro. Armoniza, une, fortifica, fortalece, llena de esperanza, alegra, nos hace dar siempre un paso más allá, madura el corazón.

Jesús es un transgresor para un nuevo orden. No para el anárquico modo del comportamiento humano, sin sentido. No es el transgresor histérico que rompe la guitarra contra el parlante, en un recital, y se dice a sí mismo con esto “ser uno que sale de los moldes”. No es un sacado Jesús. Está puesto en el camino, y nos pone en el camino.

Y en este sentido su testimonio es el que abre caminos. Es un testimonio de amor. El único capaz de permitirnos superar los límites y hacernos avanzar, transgrediendo la ley en lo que esta tiene de literalidad que oprime.

escrito por Padre Javier Soteras 
(fuente: radiomaria.org.ar)

miércoles, 9 de marzo de 2016

"Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo"

Miércoles de la cuarta semana de Cuaresma
(09/03/2016)

Libro de Isaías 49, 8-15. 

Así habla el Señor: En el tiempo favorable, yo te respondí, en el día de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir las herencias devastadas, para decir a los cautivos: "¡Salgan!", y a los que están en las tinieblas: "¡Manifiéstense!". Ellos se apacentarán a lo largo de los caminos, tendrán sus pastizales hasta en las cumbres desiertas. No tendrán hambre, ni sufrirán sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán nivelados. Sí, ahí vienen de lejos, unos del norte y del oeste, y otros, del país de Siním. ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra! ¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de sus pobres! Sión decía: "El Señor me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí". ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!


Salmo 145(144), 8-9.13cd-14.17-18.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas.

El Señor es fiel en todas sus palabras
y bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que caen
y endereza a los que están encorvados.

El Señor es justo en todos sus caminos
y bondadoso en todas sus acciones;
está cerca de aquellos que lo invocan,
de aquellos que lo invocan de verdad.


del Evangelio según San Juan 5, 17-30.

Jesús dijo a los judíos: "Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo". Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre. Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: "Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados. Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere. Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida. Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio. Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.








REFLEXIÓN

1. Este poema de Isaias, uno de los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé, nos prepara para ver luego en Cristo al enviado de Dios.

Es un canto que resalta el amor de un Dios que quiere a su pueblo, a pesar de sus extravíos. Un Dios que es pastor y agricultor y médico y hasta madre. Que se prepara a salvar a los suyos del destierro, a restaurar a su pueblo. Las imágenes se suceden: «decid a los cautivos: salid; a los que están en tinieblas: venid a la luz». Dios no quiere que su pueblo pase hambre ni sed, o que padezcan sequía sus campos: «los conduce el Compasivo y los guía a manantiales de agua». Todo será alegría y vida.

Y por si alguien en Israel había dudado pensando «me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado», sepa que no tiene razón. «¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues yo no te olvidaré».

El salmo nos lo ha hecho repetir para que profundicemos en el mensaje: «el Señor es clemente y misericordioso... el Señor es bueno con todos, es fiel a sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer».

2. Jesús de Nazaret es ese Siervo a quien Dios ha enviado a curar y liberar y devolver la alegría y la luz y la fiesta.

Lo ha mostrado curando al paralítico que esperaba junto a la piscina. El pasaje de hoy es continuación del milagro que leíamos ayer y que provocó una vez más las iras de sus adversarios. Jesús aprovecha para añadir su comentario al hecho, como suele hacer siempre en el evangelio de Juan.

Jesús «obra» en nombre de Dios, su Padre. Igual que Dios da vida, Jesús ha venido a comunicar vida, a curar, a resucitar. Su voz, que es voz del Padre, será eficaz, y como ha curado al paralítico, seguirá curando a enfermos y hasta resucitando a muertos. Es una revelación cada vez más clara de su condición de enviado de Dios. Más aun, de su divinidad, como Hijo del Padre.

Los que crean en Jesús y le acepten como al enviado de Dios son los que tendrán vida. Los que no, ellos mismos se van a ver excluidos. El regalo que Dios ha hecho a la humanidad en su Hijo es, a la vez, don y juicio.

3. ¿Creemos de veras que Jesús, el Enviado y el Hijo, puede curarnos y comunicarnos su vida, y hasta resucitarnos, si nos hace falta? El milagro de la curación de un paralítico, ¿lo interpretamos nada más como un signo de su poder y de su buen corazón, o vemos en él el símbolo de lo que el Señor Resucitado quiere hacernos a nosotros este año?

Jesús es el que da la vida. Prepararnos a celebrar la Pascua es decidirnos a incorporar nuestra existencia a la de Cristo y, por tanto, dejar que su Espíritu nos comunique la vida en plenitud. Si esto es así, ¿por qué seguimos lánguidos, débiles y aletargados? Si nos unimos a él, ya no estaremos enfermos espiritualmente. Más aun, también nosotros podremos «obrar» como él y comunicar a otros su vida y su esperanza, y curaremos enfermos y resucitaremos a los desanimados.

Pascua es vida y resurrección y primavera. Para Cristo y para nosotros. ¿Seremos nosotros de esos que «están en el sepulcro y oirán su voz y saldrán a una resurrección de vida»? Cristo no quiere que celebremos la Pascua sólo como una conmemoración -en una primavera como ésta Jesús de Nazaret resucitó-, sino como renovación sacramental, para cada uno y para toda la comunidad, de su acontecimiento de hace dos mil años, que no ha terminado todavía.

Dios tiene el deseo de podernos decir, como en la primera lectura a su pueblo: «en el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado». Y de liberarnos, si estamos con cadenas. Y de llevarnos a la luz, si andamos en tinieblas.

Cada vez que comulgamos en la Eucaristía deberíamos recordar gozosamente la promesa de Jesús: «el que come mi carne y bebe mi Sangre tendrá vida eterna y yo le resucitaré el último día; como yo vivo por el Padre, que vive, así el que me coma vivirá por mi» (Jn 6,56-57).

«Ten piedad de nosotros y danos tu paz y tu perdón» (oración)

«Decid a los cautivos: salid. A los que están en tinieblas: venid a la luz» (la lectura)

«El Señor es clemente y misericordioso, el Señor es bueno con todos» (salmo)

«El Hijo del hombre da vida a los que quiere» (evangelio)

escrito por J. Aldazabal
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 2
La Cuaresma día tras día
Barcelona 1997. Pág. 83-85
(fuente: mercaba.org)

martes, 8 de marzo de 2016

'Toma tu camilla y camina'

Martes de la cuarta semana de Cuaresma
(08/03/2016)

Libro de Ezequiel 47, 1-9.12. 

Un ángel me llevó a la entrada de la Casa, y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa, en dirección al oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia el oriente. El agua descendía por debajo del costado derecho de la Casa, al sur del Altar. Luego me sacó por el camino de la puerta septentrional, y me hizo dar la vuelta por un camino exterior, hasta la puerta exterior que miraba hacia el oriente. Allí vi que el agua fluía por el costado derecho. Cuando el hombre salió hacia el este, tenía una cuerda en la mano. Midió quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a las rodillas. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a la cintura. Luego midió otros quinientos metros, y ya era un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido: era un agua donde había que nadar, un torrente intransitable. El hombre me dijo: "¿Has visto, hijo de hombre?", y me hizo volver a la orilla del torrente. Al volver, vi que a la orilla del torrente, de uno y otro lado, había una inmensa arboleda. Entonces me dijo: "Estas aguas fluyen hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar. Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia. Porque cuando esta agua llegue hasta el Mar, sus aguas quedarán saneadas, y habrá vida en todas parte adonde llegue el torrente. Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio".


Salmo 46(45), 2-3.5-6.8-9.

El Señor es nuestro refugio y fortaleza,
una ayuda siempre pronta en los peligros.
Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva
y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar.

Los canales del Río alegran la Ciudad de Dios,
la más santa Morada del Altísimo.
El Señor está en medio de ella: nunca vacilará;
él la socorrerá al despuntar la aurora.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Vengan a contemplar las obras del Señor,
Él hace cosas admirables en la tierra.


del Evangelio según San Juan 5, 1-16.

Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua. [Porque el Angel del Señor descendía cada tanto a la piscina y movía el agua. El primero que entraba en la piscina, después que el agua se agitaba, quedaba curado, cualquiera fuera su mal.] Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?". El respondió: "Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes". Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y camina". En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado, y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla". El les respondió: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y camina'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'". Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía". El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.







REFLEXIÓN

1. Después del milagro que hizo Jesús en Galilea, volvió a Jerusalén. Por esto dice: “Después de estas cosas, era el día de fiesta”, etc. (De cons. evang 4, 10).

2. Mas aquella agua, esto es, aquel pueblo, estaba aprisionado, como por cinco puertas, por los cinco libros de Moisés. Pero aquellos libros estaban ya lánguidos y no curaban, porque la Ley convencía a los que pecaban, pero no los absolvía (in Ioannem trat. 17).

4-9a. Mas vino Jesucristo al pueblo de los judíos, y haciendo cosas grandes y enseñando cosas útiles, turbó con su presencia a los pecadores (esto es, el agua), y los levantó hasta el conocimiento de su pasión. Pero los turbó ocultándose; porque si lo hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria ( 1Cor 2,8). Mas de repente el agua se veía turbada, y no se veía quién la movía. Bajar al agua una vez movida, es tanto como creer humildemente en la pasión del Señor. Mas allí se salvaba uno solo, dando a conocer la unidad de la Iglesia. Después, ninguno de los que llegaban se curaba, porque todo el que estaba fuera de la unidad, no podía curarse. ¡Ah de aquéllos que aborrecen la unidad y dividen en partes (esto es, en sectas), a los hombres! Permanecía, pues, treinta y ocho años en su enfermedad aquél que fue curado, mas este número corresponde más bien a la enfermedad que a la salud. El número cuarenta se nos presenta como significando cierta perfección. La Ley está dividida en diez preceptos, y como había de predicarse por todo el mundo, que se considera dividido en cuatro partes, el número diez, multiplicado por cuatro, forma el número cuarenta. Y la Ley se cumplió por medio del Evangelio, que se compone de cuatro libros. Por tanto, si el número cuarenta lleva consigo la perfección de la Ley, y si la Ley no se cumple sino por medio de los dos preceptos de caridad, ¿por qué nos admiramos que estuviese lánguido el que no llegaba a cuarenta y le faltaban dos años? Le era necesario un hombre para que le curase. Mas aquel hombre, que es Dios, porque lo encontró caído por falta de dos años, completó lo que tenía de menos, mandándole dos cosas. Porque en los dos preceptos del Señor se encuentran los dos mandamientos de caridad, esto es, el amor de Dios y del prójimo. Y en realidad el amor de Dios es el primero según se manda, aunque el amor del prójimo es lo primero que se ejecuta. Dice pues: “Toma tu lecho”, como si le dijera: cuando estabas lánguido te llevaba tu prójimo, mas ahora has sido curado y debes llevar tú al prójimo. Le dice también: “Anda”, pero ¿por dónde caminas si no te diriges al Señor tu Dios? (in Ioannem trat. 17).

5. Es mucho más el que Jesucristo curase las enfermedades de las almas, que el que sanase las enfermedades de los cuerpos que habrían de morir. Pero como esta alma no conocía a Aquél por quien habría de ser curada, y como tenía los ojos de la carne para ver las cosas corporales, y aún no tenía sanos los ojos del alma para que pudiese conocer a Dios -aunque oculto-; hizo lo que podía ser visto para que se curase lo que no podía verse. Entró en aquel lugar en donde había muchos enfermos, y de ellos eligió uno para curarlo. Acerca de esto, prosigue: “Y estaba allí un hombre”, etc. (in Ioannem trat. 17).

8. “Jesús le dijo: Levántate, toma tu camilla, y anda”. Le dijo tres cosas, pero el decir “levántate” no fue mandato de obra, sino ejecución de la curación. Ya una vez sano, le mandó dos cosas: “Toma tu lecho, y anda” (in Ioannem trat. 17).

9b-11. “Era sábado aquel día…” No vituperaban al Señor porque lo había curado en sábado, puesto que hubiera podido responderles, que si el asno de cualquiera de ellos hubiese caído en un pozo, lo hubieran sacado y lo hubieran librado, a pesar de ser día de sábado. Pero al que llevaba su lecho le decían que si su curación no había de retardarse, ¿qué necesidad tenía de cumplir inmediatamente lo que le había mandado? Pero él oponía el autor de su curación a los que le calumniaban. Por esto sigue: “Les respondió: aquél que me sanó, me dijo: toma tu camilla, y anda”; como diciendo: ¿por qué no he de obedecer lo que me manda aquél que me ha curado? (in Ioannem trat. 17).

12-13. Si consideramos con corazón mezquino y humano ingenio al que hace este milagro, nos parecerá que en cuanto a su poder no hizo cosa grande, y que era poco para mostrar su benignidad. Tantos estaban tendidos, y sólo fue curado uno, siendo así que con una palabra pudo curarlos a todos. ¿Cómo, pues, debe entenderse esto, sino porque aquel poder y aquella bondad se esforzaba más por la salud eterna del alma, que por la curación material que necesitaban los cuerpos. En aquellos milagros, pues, todo lo que se curaba en los miembros corporales, al final desapareció, mas el alma que creyó pasó a la vida eterna. Aquella piscina y aquella agua me parece que indicaban al pueblo de los judíos, porque con el nombre de aguas son significados pueblos según el Apocalipsis de San Juan ( Ap 17,15) (in Ioannem trat. 17).

13. “El curado no sabía quien era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar”. Lleva, pues, a aquél con quien andas, para que puedas llegar a aquél en quien deseas descansar. Mas aquél aún no había conocido a Jesús, pero nosotros creemos en El a pesar de que no le vemos. Y para que no sea visto se sale de entre las multitudes. Dios se deja conocer en cierto silencio de intención, pero la turba siempre lleva consigo el ruido, y este acto de verle necesita silencio (in Ioannem trat. 17).

14. El Señor, esto es, Jesús, le veía tanto entre las multitudes como en el templo. Mas aquel enfermo, que no conocía a Jesús entre las multitudes, le conoció en el templo, que era lugar sagrado (in Ioannem trat. 17).

15. Pero ahora, después que éste vio a Jesús y conoció que era quien le había curado, no fue perezoso en hablar de aquél a quien había visto. Por esto sigue: “Fue aquel hombre, y dijo a los judíos que Jesús era quien le había sanado” (in Ioannem trat. 17).

16. Así sucedía que el paralítico anunciaba a Jesús mientras que los judíos se enfurecían contra El. Sigue: “Por esta causa los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado”. Es bien sabido que la transgresión cometida a los ojos de los judíos, no era la curación del cuerpo, sino la carga del lecho, que no les parecía fuese tan necesaria como la salud del cuerpo. Pero Jesús les había explicado el misterio del sábado y les había dicho que era una señal concedida a los judíos para que guardasen este día por cierto tiempo, pero que el cumplimiento de este mandato había concluido con su venida. Por esto sigue: “Y Jesús les respondió: Mi Padre obra hasta ahora, y yo obro”. Pero se dice que Dios descansó por que ya no hizo ninguna otra criatura después de las que habían sido hechas. Por esto la Sagrada Escritura le llamó descanso, para advertirnos que después de las buenas obras debemos quedar tranquilos. Y así como Dios, después que hizo al hombre a su imagen y semejanza, y concluyó todas sus obras, que eran muy buenas, descansó en el día séptimo, del mismo modo nosotros no debemos esperar descanso hasta que volvamos a la semejanza de quien fuimos hechos (la cual perdimos por el pecado) haciendo buenas obras (in Ioannem trat. 18).

Puede decirse también, que el sábado fue guardado por los judíos como sombra del día que venía después. Era, pues, figura del descanso espiritual que Dios ofrece con el ejemplo misterioso de su descanso a todos los fieles que hacen buenas obras (Super Genesim 4, 1).

Vendrá el sábado cuando pasen seis edades, porque son seis los días del siglo, y entonces habrá de venir el descanso ofrecido a los santos (Super Ioannem).

esrito por San Agustín
(fuente: www.deiverbum.org)
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